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Las cumbres de los Andes

Fragmentos

«Nos habla en los atardeceres, en susurros de luz, de la existencia de otra vida».
9 noviembre 2016

«Solo los Himalayas pudieron calmar esta sed de cumbres andinas».

¡Ah, la belleza de esas cimas nevadas! Oí decir una vez a un embajador de España: «Nadie que no las contemple desde aquí podrá imaginarse lo que los Andes son». En Valparaíso, desde los ventanales de mi casa, más allá del mar, puedo ver el Aconcagua, la más alta cumbre de América; pero no es lo mismo que sentir estas montañas cercanas, que se nos vienen encima y que se levantan, como si aún estuvieran creciendo junto a nosotros. Solo los Himalayas pudieron calmar esta sed de cumbres andinas que me ha torturado en todo el mundo. Y hoy es la nostalgia de un paraíso perdido para siempre y que las nuevas generaciones ya nunca conocerán, al encontrarse invisibles esas alturas, destruida su pureza prístina por la contaminación y la agonía de la atmósfera de cristal que una vez las envolvió.

Lo que esto fuere cuando don Pedro de Valdivia llegó por primera vez es ya irreproducible, aun en tiempos de mi niñez. Región de bosques vernáculos, de aguas claras, transparentes, con pájaros desconocidos, con cóndores y cimas habitadas por los dioses. Arriba del cerro Huelén, el conquistador fue conquistado (Pedro de Valdivia, capitán conquistado es el título de un libro de mi amigo de la juventud Santiago del Campo). Y ahí mismo empezaría a escribir las cartas-poemas a su rey, para convencerlo de la conquista y la colonización de la «terra australis».

La leyenda, o mito, de la Ciudad de los Césares se alimenta, más que en la historia sacra y mágica del gral, en la nostalgia incurable que toca al alma en la contemplación de las cimas nevadas de los Andes y que nos habla en los atardeceres, en susurros de luz, de la existencia de otra vida, en algún mundo más allá de este, en una ciudad secreta, oculta, habitada por los hombres rojos del horizonte, por seres inmortales. Y esta nostalgia, esta ansia, este «color del ansia», aprisionó por igual a los conquistadores y a los conquistados. A los españoles y a los aborígenes. A los ancahuincas y a los huincas.

Del primer volumen de las Memorias de él y yo.

 

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