Escritos

Mi último encuentro con C. G. Jung

Artículo

C. G. Jung trabajando en su escritorio.

Fue publicado dos veces por El Mercurio, en 1961 y en el 2002.

También por The Hindustan Times (16-7-61); Neue Zürcher Zeitung (29-7-61 y 30-7-61); Das Schweizerische Rote Kreuz, núm. 6-7 (1-10-61); y Humboldt, núm. 8 (1961).

 

Son las seis de la mañana del día 8 de junio. Abro las puertas de mi cuarto en Nueva Delhi, que dan a una pequeña terracita blanca, que ya refulge con el sol. El calor tremendo de junio comienza temprano. Estoy semidesnudo y empezaré mis ejercicios yoguis de adoración al sol, el «Suryanamaskar». El verdor increíble de los árboles, aun en este tiempo, el canto de infinidad de pájaros me saludan. Un sirviente indio, con turbante, se acerca con ese andar cadencioso de los hindúes y me dice: «Salam, Sahib». Es su saludo respetuoso. Me extiende un papel. Es un telegrama. Lo abro sin apuro, casi sin poner atención. Veo que viene de Zúrich y me extraña que así sea. Empiezo a leerlo y quedo perplejo. El cable dice así: «El doctor Jung murió ayer a mediodía, apaciblemente. Recuerdos». Lo firman: Bailey y Jaffé, la señorita norteamericana que acompañaba al doctor Jung, llevándole su casa, una mujer extraordinaria, y su secretaria privada, suiza. El cable es del día 7.

Una emoción grande me inmoviliza ahí, con los ojos húmedos, tal vez por el sol tan intenso, o quizás no. Hace tan poco que he estado con el doctor Jung en su casa de Kusnacht, junto al lago de Zúrich. Tal vez habré sido el último amigo extranjero que le viera. Esta noticia me ha llegado al alma. Mis relaciones con ese gran hombre, con ese genio extraordinario, han sido en verdad únicas. Poseo en este momento una carta manuscrita de Jung, de diez páginas, que es prácticamente su testamento ideológico. Algún día deberé darla a conocer. He tenido la suerte enorme de ser prologado por Jung, siendo la primera vez y la última que él diera un prólogo para una obra puramente literaria. Nuestras relaciones comenzaron con el interés común en las ciencias del Oriente, en el yoga, en las filosofías de India, de China y Japón. Sin embargo, conocí la obra de Jung mucho antes de venir a India en 1953, ya en mi viaje a la Antártida, en 1947. También él se interesaba por Chile. Recibí una carta suya cuando nuestros terremotos del año pasado. Me decía: «Aunque los hombres de ciencia modernos no lo acepten, hay una relación entre el alma y la naturaleza. La madre naturaleza se pone ahora a tono con nuestra civilización y empieza también a destruir. Desgraciadamente le ha tocado a su país. ¡Cuánto he pensado en Chile últimamente!».

Pero la India es lo que nos unió. Reflexiono ahora en esto y deseo cumplir inmediatamente con un rito casi, con algo que le debo a este gran hombre. Hoy, a las ocho y media de la mañana, partirá Nehru a tomar sus vacaciones al valle de Kulu, o valle de los Dioses, en los Himalaya. Iré a despedirle. Tomo mi auto y llego al aeropuerto de Palam. Soy el único diplomático allí. Nehru aparece pronto, gentil, ágil, lleno de encanto, como siempre. Le acompaña su nieto y un bellísimo perro. Hacía tiempo que no le veía, pues ha estado fuera de Delhi últimamente. Le digo: «El 6 murió el profesor Jung». No lo sabía, aunque los diarios de la mañana también publican la noticia. Nehru se muestra impresionado, pues admiraba al gran hombre. Enviará un cable de condolencias en su nombre y en el de la India. De este modo se ha cerrado un círculo simbólico.

Regreso ahora a mi cuarto de trabajo y ese día lo paso pensando en el doctor Jung. El recuerdo vuela, veo su imagen, la tengo presente. Llegué hace muy poco a su casa, bajo una fina lluvia. La casa de Jung queda en las afueras de Zúrich, en Kusnacht. En el pórtico de la entrada se lee una frase en latín, que dice, más o menos: «Piénsese o no en Dios. Él está siempre presente». Adentro hay cuadros y objetos bellos, grabados antiguos, pinturas medievales. Me recibió la señorita Bailey, quien me invitó a pasar a una salita en donde sirvió el té. Hablamos del doctor Jung. Ella me dijo que no había estado bien los últimos días, sintiéndose muy cansado a causa de un trabajo intenso en un ensayo de ochenta páginas, que había escrito a mano, como siempre, directamente en inglés, para una publicación norteamericana que aparecerá próximamente con el título de El hombre y sus mitos. La señorita Bailey está preocupada. Me cuenta que Jung le ha dicho: «Deseo partir, pero usted me sujeta aquí». Ella no lo cree, pues piensa que el doctor Jung aún siente atracción por la vida y por la tierra: «Tiene aún demasiado sentido del humor ―dice― demasiado entusiasmo». Hablamos luego de la muerte. Le pregunto si ella cree en la supervivencia. Dice que está absolutamente segura de ella pues «hay algo en el inconsciente que expresa continuidad», afirma. Luego me consulta sobre mi parecer. Le digo que no sé, que no estoy seguro de nada. Acabo de encontrarme en Montagnola, en la Suiza italiana, con Hermann Hesse y le he preguntado sobre lo mismo. Él me ha dicho que «morir es ir al inconsciente colectivo de Jung, para luego, desde ahí, volver a las formas, a las formas…». Hesse también me ha dicho que «Jung es un gigante, una montaña gigantesca de nuestro tiempo». Y me ha pedido que le lleve sus saludos, «los saludos del Lobo Estepario», ha dicho.

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