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La montaña

Adolf Hitler, el Último Avatâra

Segunda edición chilena (EB Libros, 2025). Ir a Catálogo de EB Libros…

La dificultad que se nos presenta a quienes no somos modernos, sino antiguos, es la imposibilidad de comunicarnos con las mentes racionalistas de este tiempo del Kaliyuga, que lo han desacralizado todo.

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Para los seres lejanos, su entorno estaba lleno de vida, pleno de divinidad. Platón y Aristóteles decían: Panta plere Theon. Todo está lleno de dioses. Los araucanos, entre nosotros, adoraban el árbol, los montes, los ríos, el bosque, como los antiguos germanos, como los pieles rojas, como los hindúes. En India, cada río, cada accidente de la naturaleza es habitado por un dios, por un espíritu, con los que los hombres se comunican por medio del ritual y del culto. Los selknam de Tierra del Fuego estaban inmersos en una naturaleza viva, cálida, pese a sus ventisqueros y sus témpanos.

El jefe de los indios Pueblo, Ochwia Biano, Lago de Montaña, le confesaba al doctor Jung que «el sol ya no saldría más en las mañanas, porque los hombres blancos les impedían ayudarlo a levantarse», imponiéndoles el cristianismo, como una herida en sus almas. Recuerdo también a un «guaso» de la cordillera, que una vez me dijo: «Señor, ¿qué va a pasar con la nieve? Creo que no retornará más, pues los “gringos” han venido a patearla (se refería a los esquiadores); la han ofendido gravemente». Otra gente antigua, que vive en las vecindades de la montaña «El Plomo», piensa lo mismo. Porque han retirado la momia de una niña indígena de su cima, que había sido dejada allí por los incas, en un sacrificio ritual a los dioses de esas alturas, con algún fin bien preciso, los lugareños creen que ahora el clima va a cambiar y piden su restitución a la montaña sagrada.

Los niños de Alemania y de los países escandinavos, hasta la última guerra, seguían viendo a los duendes y a las hadas. Yo también conversaba con ellos en el jardín de mi niñez. Apenas si lo recuerdo ya, porque perdí su visión, junto con ese jardín lejano.

Hemos desacralizado el mundo, colaborando con el demiurgo, con el Señor de las Tinieblas, transformándolo en una esfera muerta y pesada, un compuesto de átomos agregados, de roca, metales y limo, a lo más de petróleo, sin saber siquiera lo que esta sustancia sea verdaderamente. Lo extraemos, lo explotamos; ensuciamos la Tierra, lo destruimos todo, con un criterio materialista y judaico, sin entender ya que la Tierra es un ser vivo, con cuerpo, alma y espíritu, como un virya, que también ansía la transfiguración.

En Chile, desde la conquista, el paisaje no nos pertenece. Le hemos impuesto un culto y un dios extraño, con el resultado de que los habitantes actuales se encuentran en desequilibrio con el mundo que les rodea. Nada tienen que ver con las cumbres sublimes, con la belleza de su tierra, ni con su mar; se hallan en total desequilibrio con el paisaje. Se haría necesario extraer a la luz de un nuevo sol a los dioses, a los gigantes antiguos que duermen dentro de la roca andina, reconocerlos, rendirles un culto, establecer un diálogo. Solo así se lograría un equilibrio entre el hombre y el paisaje. Hoy el hombre se encuentra destruido, aniquilado, erosionado, como la Tierra; es ajeno a la belleza del paisaje sublime. Únicamente extrayendo de la montaña a los gigantes se hará posible la transfiguración del paisaje de la patria mística. Se habrá desenvainado la espada de Chile. Y entonces, de las profundas aguas del Pacífico, emergerá el antiguo continente del Espíritu, allí sumergido. Emergerá, como de dentro del cerebro arcaico del Antropos, del Urmensch, más allá de su corteza cerebral, del sol actual. Y la Tierra volverá a ser habitada por gigantes, por los dioses blancos. Desaparecerán los pueblos disminuidos, los esclavos de la Atlántida y esta franja precaria de la patria, resto sobreviviente de un continente sumergido, se transfigurará y será redimida.

Desde que fui muy joven, sentí que mi misión era ayudar a los gigantes prisioneros de la montaña, liberarlos, como a Lucifer encadenado en los hielos del Polo Norte, del Polo Sur, vindicarlos, libertar a Prometeo. Hoy también siento que debo ayudar al retorno del Führer, dentro del gran cuerpo de la montaña, contribuyendo al cumplimiento de su mito de resurrección.

Por eso estoy aquí nuevamente, otra vez junto a los Andes mágicos de mi juventud y de mi iniciación. Los montes de los dioses blancos.

La montaña sagrada de los Himalaya es el Kailás. La de los Andes es el Melimoyu.

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