En medio de un mundo que ha perdido el alma y el cuerpo y toma conciencia helada de aluminio o acero, es muy inmenso ver aparecer una aurora.
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En medio de un mundo que ha perdido el alma y el cuerpo y toma conciencia helada de aluminio o acero, es muy inmenso ver aparecer una aurora. La tierra caminará hacia algo diferente; pero aquí, en América, ya lo somos. Por eso era doloroso ver cómo nos transformábamos en micos y papagayos.
Aquí en Chile no éramos, sencillamente sucedíamos.
Sucedíamos a través de fórmulas prestadas, caminando 20 años, 50 años, tras de Europa, imitándola, por falta de valentía o de fe, poniendo de moda aquello que allá de desechaba por inútil.
Durante más de 50 años el chileno perdió su fe, perdió su corazón, su esencia. Sucedió en torno a una corriente dolorosa, mezcla se sentimiento de inferioridad ante Europa y de pesimismo enorme por todo lo que pudiera significar un cambio en su condición económica o vital. Si en ciertos momentos pareció brillar una chispa, una luz, los mismos que la prendieron se encargarían de apagarla, soplando fuertemente con sus labios indecisos, indefinidos
y crueles.
Pero no los culpamos. El desarrollo de los países, de los continentes o de los cielos, es lento, necesario y fatal. Por eso en América la lucha es principalmente de generaciones.
Es en la nueva generación donde aparece la fe en Chile, el presentimiento de una realidad distinta, el sentido del sacrificio, de la responsabilidad, y un optimismo profundo ante el destino. Todo esto, forzosamente, tenía que estrellarse con la corriente gris de las letanías desde el pasado reciente, para llenarnos de miseria.
Desde el 5 de Septiembre de 1938, Chile sabe absolutamente que el chileno ha despertado. Desde el 5 de Septiembre, el pueblo comprende que ahora es distinto, que sus dirigentes ya no serán más unos mixtificadores , que están dispuestos a morir, y que asumen por entero la responsabilidad de los hechos y las palabras.
El 5 de Septiembre es un símbolo de nuestra generación, de la nueva conciencia, de la nueva mentalidad que ella aporta. Es un símbolo del despertar de Chile.
Todo esto venía gastándose lenta y obscuramente a través del tiempo. Existían las señales y los contactos lejanos. Yo quiero escribir aquí nuevamente el nombre de Héctor Barreto. Quisiera también poder agrupar a todos aquellos que nos pertenecen, quisiera que comprendieran de una vez que la luz estallará ante sus ojos.
La juventud debe estar donde esté la juventud, donde está la grandeza.
Todo aquello venía lentamente; pero seguro. Reconozcamos al hombre, al partido que supo darle un cuerpo. Reconozcamos su necesidad, su fatalidad, su destino histórico. No podía ser de otro modo, y es por eso que tiene que ser.
Por aquí y por allá esta flotando el mismo espíritu; pero no adquiere su conciencia ni –ahí donde está– encontrará sus posibilidades y sus instrumentos de desarrollo. Es sólo por esto que combatimos. Es por esto sólo que deseamos que los nuestros vengan a nosotros, por esto sólo que no podemos ir nosotros hacia ellos. Porque es aquí donde los instrumentos y los métodos se han creado conforme al nuevo espíritu.
Mas todo tenía que ser como fue.
Mirad hacia aquel año, hacia aquel día de horror y de gloria. Sentid, comprended el símbolo del 5 de Septiembre de 1938 en que lo más noble y lo más sano de una generación se desangrara por salvar a Chile, por abrir sus ojos, por despertarlo, porque aquellos que les pertenecen se remezcan en el centro de sus vidas, porque comprendan.
De aquellos que murieron por todo esto, yo conocí a Domingo Chávez. Es un recuerdo que viene a través de los años y que tiene ondas raíces en mi infancia. Fuimos vecinos cuando niños, compañeros de juegos y de fantasía. El saltaba al cordel y asistía a clases de box. Su padre era militar, y él tenía el corazón del lado derecho. ¿Cómo olvidarlo? Todos lo sabíamos, él nos lo había dicho. Yo no lo olvidé jamás. Es un recuerdo grabado en mi infancia. Al extremo que cuando pienso en Chávez, no es su imagen la que viene a mí, sino el recuerdo de un corazón, de un gran corazón, que lo abarcaba y lo inundaba. El hecho de que el corazón se hubiera corrido un poco de su sitio lo destacó para siempre. Y el hecho de que Chávez muriera el 5 de Septiembre, inunda aquella fecha de corazón.
El mundo necesitaba de esto, Chile lo pedía. La obscura corriente gris no podía continuar con su larva cenagosa y mental. El cuerpo moría, lo más sagrado y más caro de la vida se arrugaba, enflaquecía. Se necesitaba el estallido de la fuerzas ocultas, de aquello que es menos bajo, porque es más cálido y más humano.
Nuestra generación tiene el imperativo de percibir lo símbolos, de sentirlos también en el corazón. Chile tiene que comprender que por primera vez después de mucho tiempo, se ha hecho un llamado a un nuevo centro del hombre. Y el pueblo de Chile ha respondido.
¡Chilenos, debemos comprender que se está haciendo este llamado, que sólo él puede salvarnos!
