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El triunfador

Cuento

Escrito en 1936, forma parte de La época más oscura.

La ciudad es rara, nadie sabe lo que significa. Solo se sabe qué es la noche.

Volvía a casa del trabajo. Era de noche. Las once tal vez. Calculaba por el carabinero que a esa hora se detenía en la esquina de su barrio.

Notaba, además, cierta infantil curiosidad del policía por la noche, por el aire. Indagaba. La noche no es nada más que la curiosidad del policía.

Dijo las buenas noches. El policía respondió:

―Son las once y media.

Abrió la puerta de su casa. Tropezó. Oyó por lo alto un quejido de sueño. Entró en su pieza y se durmió.

El día siguiente pasó dejando un sabor amargo en los labios. Tantos días que habían pasado para él, huecos, desinflados, entre la bulla de las pequeñas voces familiares y sus anécdotas sin importancia, húmedas como los añejos prendedores y joyas de familia, como los rosarios de la madre, teniendo que llenarlos con el humo de los cigarrillos fumados sin cesar.

Era domingo.

Todo el día tecleó una máquina de escribir en la casa del lado; si siquiera fuera una ametralladora…

Llegó la cena. La hermana dijo:

―Se anuncian terremotos. Anoche un ruido terrible removió esta casa de arriba abajo. ¿Qué sería? Se me ocurre que un aviso…

―No lo oí ―argumentó él.

―¡Con tu sueño!…

―No es pesado mi sueño; pero no lo oí.

―Ha sido un aviso ―continuó la hermana.

―Sí ―dijo la madre―, yo he amanecido con un rasguño en la mejilla. ¿Qué puede ser esto?

―Un aviso ―siguió la hermana.

―Bueno, bueno, retornamos a otras épocas. ¡Retornemos!

Cayó el silencio. La empleada entró.

―La puerta está bien cerrada ―dijo.

―¡Qué absurdo! ―exclamó él―, sueñan con ladrones. Para robar se necesita tanto valor como para ser robado. ¿A qué ese miedo? ¿Acaso no tengo yo un revólver?

Sin embargo, esa noche puso el revólver debajo de la almohada. E hizo bien.

 

Era la hora alta. Lentas campanas la anunciaban. Se despertó. No podía dormir. ¿Qué hacer? No acostumbraba leer. No usaba libros. Un ruido. «El aviso», se dijo. Se levantó. Tomó el revólver y una linterna. Psss, prendió la linterna. Ahí estaba el ladrón. Medio a medio en la luz. Despeinado, los ojos agrandándosele, una mano repentina en el corazón.

―No te muevas… ―su voz no era firme.

El ladrón se inclina, se encoge, sonámbulo, la fuerza geométrica de su movimiento hipnotiza.

―¡Alto!, voy a disparar…

Se inmoviliza. Entonces él camina hacia el muro, afirmando la espalda en la pared: «Puede haber otro oculto en los lugares de sombra, y saltar sobre su nuca». Sin dejar de alumbrar al hombre, que semeja oscuro pájaro de luna, pasa la linterna a la misma mano del revólver, y rápido enciende la luz en la salita.

El ladrón se encoge como si lo hubieran destapado, se estriega los ojos, bosteza un poco, se estira. Todo cambia ahora en la luz. ¿Es él un ladrón? Él mismo no lo cree. ¿Qué hace ese señor ahí con un revólver? Absurda cosa. Contempla el cuarto: un tejido de la hermana, una calceta, olor a gato.

―Buenas noches ―dice.

―Son la tres ―agrega él―, usted ha entrado aquí a las tres ―luego lo mira―: usted ha entrado aquí a robar, ¿entiende? Usted es un ladrón. ¡Entienda!

―¡Ah! ―exclama con desconsuelo.

Él no deja de apuntar con el revólver.

―Vamos, ¡arriba las manos! Un movimiento de mi dedo basta…

Ha hablado fuerte. Entra la hermana a medio vestir. Aparecen la madre y la sirvienta. Rojas, espantadas, gritan. La madre llora.

―Nada de llorar ―dice él―, acérquese una de ustedes a la puerta, ahí en la esquina hay un policía.

Sale la sirvienta, huyendo casi. La madre y la hermana se abrazan. La sirvienta vuelve.

―No hay…

―Es cierto ―se acuerda él―, son las tres… Llame alguien por teléfono.

Habla de lado como en las películas.

La madre no se siente bien; se retiran apresuradas al cuarto vecino. La hermana corre a hablar por teléfono.

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