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Es indispensable una reina

De La Flor Inexistente

Tercera edición chilena (EB Libros. Santiago, 2025). Ir a Catálogo de EB Libros…
17 octubre 2026

Ha callado Simón de Alcazaba. El Maestro hace el gesto. A mi lado, comienza a hablar el padre Nicolás Mascardi. De origen italiano, su lengua es suave:

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Ha callado Simón de Alcazaba. El Maestro hace el gesto. A mi lado, comienza a hablar el padre Nicolás Mascardi. De origen italiano, su lengua es suave:

No recuerdo cuándo la ciudad se apoderó de mí. Era muy joven. Me parece que fue al pisar por primera vez tierras del sur del mundo y contemplar las cumbres en que tiembla una luz innatural, como halo de santo. Empecé a prestar oído a las consejas de los indios y a ciertas palabras que algunos de los nuestros se comunicaban en secreto como el santo y seña de una cruzada misteriosa. El silencio se hacía entre ellos al aproximarme. Mi adivinación me dio a entender de lo que se trataba aun antes de que me fuese revelado. Supe que aquellos hombres formaban parte de una orden herética que buscaba una ciudad perdida entre las montañas. Me enteré de ello por la confesión de un moribundo. Él me habló de la ciudad y de su búsqueda. La había visto, muy hacia el sur, junto al lago Nahuel-Huapi. Sus muros eran de oro; sus calles, de plata; sus casas, de piedras preciosas. Todos sonreían y le invitaban; pero él tuvo miedo y se resistió a entrar, porque allí no vivían cristianos, ni existían sacerdotes. La campana no tañía por Jesucristo, sino por un dios desconocido e innombrable. La ciudad estaba embrujada.

Dije al moribundo que yo deseaba ir a la ciudad y le exhorté a que me revelara la secreta ruta. Se santiguó espantado. «Un sacerdote no podrá entrar allí», exclamó.

Desde ese momento la ciudad se apoderó de mi alma. Debía llegar a ella y convertir a sus infieles. Empecé a investigar, a hurgar hasta en las confesiones.

Cuando los indígenas conocieron mis ansias, comenzaron a hablarme, primero muy confusamente, luego más claro. Me trasladé más al sur, a Chiloé. Su gente, que posee una memoria muy lejana, me fue dando a saber algunos indicios. Juntaba cuidadosamente las informaciones. Los signos señalaban hacia el sur, siempre más al sur.

Por aquellos tiempos, tuve visiones. Se me apareció san Javier y me ordenó marchar en busca de la Ciudad de los Césares. Debía entrar en ella para hacerme inmortal. Discutí con el santo, manifestándole que solo iría allí para convertir infieles y prestar servicios religiosos a aquellos de los nuestros que en ella vivieren. Pero San Javier rio, con una risa enorme, y ya no le vi más. Se me apareció embozado en una capa celeste y acompañado de un perro blanco.

Otras veces contemplaba en sueños la ciudad. Me paseaba por sus calles, siempre solitarias, un poco parecidas a las de mi lejana Asís. No había nadie, soplaba un viento suave, como música de órgano, y me parecía como si desde las casas alguien me siguiese con una mirada atenta. Despertaba lleno de felicidad y también de dolor.

Por aquel tiempo, liberé a algunos indígenas. Eran niños mansos y buenos, gente pagana y sencilla, indios puelches. Se encontraba entre ellos la mujer de un cacique a quien llamaban reina. La llevé de regreso a su tierra. En el viaje, a través de los canales, me habló, prometiendo servirme de guía hasta la ciudad. «Solo yo puedo ayudarte», dijo, «porque soy mujer y porque soy reina. Para entrar en la ciudad se hace necesario encontrar una reina».

No olvidaré nunca su mirada cuando agregó: «Tú eres casto, tú mereces llegar allí».

En verdad, hablaba como una reina. Y no se dirigía al sacerdote que hay en mí. Se dirigía al hombre, pero al hombre casto. Nunca me había mirado nadie de este modo; nunca nadie lo ha vuelto a hacer.

Creí a la reina; aún le creo. Supe que iba a entrar en la ciudad. Por ello no me desanimé jamás. Cuando, tras de obstinado deambular entre cimas y abismos, el desaliento me hacía presa, la visión de sus ojos oscuros me sostenía, impulsándome a seguir.

Recorrí medio mundo, sin saberlo casi, hechizado por la ciudad, o por aquellos ojos. Descubrí aguas que nadie ha visto, cumbres donde florecen extrañas plantas y se mecen lirios de fuego, llanuras de pura luz sonora, nieves como la espuma de la plata. Me sumergí en las aguas del lago Nahuel-Huapi, frías como la muerte, donde los ángeles lavan sus alas. Y en las noches, me prosterné bajo las hayas y las coníferas perdidas, tratando de descubrir en el cielo un signo de Nuestro Señor, una luz amiga.

Nada, nadie, ni siquiera san Javier. Sabía ya que la ciudad estaba cerca; a veces, creía estar pisándola. Encontré un viajero solitario de la Patagonia. Le acompañaba un perro blanco. Pasaba de largo, pero le llamé. Era español. Le pregunté si deseaba confesarse. Me miró de extraña manera; sus ojos me recordaban a la reina. Recuerdo sus palabras: «Quien necesita confesarse eres tú; aunque no con un sacerdote de tu clase, sino con otro que yo conozco. Vas en busca de algo que nada tiene que ver con nuestros tiempos. Confiésate a ti mismo; pero di la verdad; di que eres un ancahuinca».

Cuando el desconocido partió, me fijé en su perro blanco y recordé mi visión de san Javier. Me puse a orar. Me confesé a mí mismo. De esta confesión salí trastornado. Sí, en verdad, yo era un ancahuinca. También yo buscaba la ciudad para eternizarme.

Despaché mis últimos emisarios en todas direcciones, llevando mensajes para los habitantes de la ciudad, escritos en seis idiomas, entre ellos el griego, pues llegué a creer que los pobladores de la ciudad eran antiguos griegos, tal vez el mismo Apolo, rejuvenecido en las regiones de los hiperbóreos.

Y planté un manzano en tierras del sur, donde solo crece el viento.

Me preparé para entrar en la ciudad, porque la visión de los ojos de la reina me revelaba ahora el gran secreto: solo muriendo podría entrar en la ciudad. A un simple sacerdote no se le permite entrar con su cuerpo en la ciudad. Deberá transformarse, convertirse en sacerdote-mago.

Y cuando la lanza indígena me abrió el pecho, del arroyuelo de sangre que de él manara para regar el lejano sur y fertilizar el manzano, vinieron también ciudades y ciudades, con muros de oro, con techos de diamante, que yo llevaba dentro desde que naciera.

Calla Nicolás Mascardi. Y el Maestro exclama: «Te hiciste sabio gracias a la reina. Quien no encuentre antes a su reina, no entrará en la ciudad».

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