Escritos

La búsqueda

Cuento

La revista Atenea lo publicó en septiembre de 1948.

Su caballo permanecía amarrado en el mismo sitio. Cuando se acercó para montarlo, estaba nervioso. Poco después, cabalgando ya por el páramo, entre los espinos, el animal lo arrojó de improviso y lo mató.

Al otro día, unos aldeanos, que cruzaban por esos lugares altos, encontraron su cadáver feliz, cubierto de gotas de rocío y clavado por algunas espinas.

Y era esto lo que él estaba recordando con enorme dificultad ahora, como si tratara de fijar una sombra dolorosa, mientras permanecía enclavado, prisionero, en este otro mundo tan diferente, en esta «segunda tierra».

Después, todo había sido como un sueño tremendo dentro de un torbellino, hasta que se encontró aquí. ¿Para qué recordarlo? Horas de luz pasaban a sus pies. Había gritado por muchos mundos el nombre de su amigo, solicitando su ayuda y su consejo. Solo el eco infinito de los grandes espacios y de los abismos le respondió. Y una vez en este mundo cónico y a la vez redondo, en que todo lo creaba la imaginación, trató de evocarlo, y, en efecto, su forma se realizó precisa en el aire blanco; pero ante él surgía la conciencia de que solo era una prolongación de sí mismo, que hablaba sus palabras y respondía lo que él deseaba. Nunca podría aquella nueva forma enseñarle algo más de lo que ya sabía. ¡Cuán grande y terrible era el poder de la mente, de la imaginación! En este lugar se transformaba en una tortura, pues los relámpagos incontrolados del deseo cerebral crean seres y formas reales en el espacio, que son enemigos que atormentan hasta que no se logra imaginar otro pensamiento que los destruya a su vez. La imaginación y la mente se devoran a sí mismas y aquel que no logró en la tierra romper y superar los moldes de su alma, ni controlar sus impulsos, sufre dentro de este círculo que es un mundo frío que retiene en su centro.

Desde hacía largos espacios permanecía retraído en un solo pensamiento: ¿cómo era posible que todo fuera una proyección de sí mismo? Esa aventura grandiosa, ese suceso puro de la luz, que bajaba desde las cimas enormes, al pasar por él mimo se descomponía y se transformaba en un mísero sueño personal, hecho árido por la mente y empequeñecido por sus limitadas fuerzas y sus posibilidades. Sentado, con los brazos apoyando su cabeza, estuvo contemplando la ronda de los colores que descendían en números desconocidos y hacían un eco de canto al pasar cercanos. Él sabía que, dentro de esas luces, centenares de millones de formas iban incluidas, pues todo el universo tiende a la forma y esa aventura sublime, ese suceso puro, se expresan simbólicamente, heroicamente, en la delicia de una forma, que luego les aprisiona y les tortura, hasta que no es rota desde dentro y superada por el amor y reemplazada por la belleza de otra más pura. Todo esto él lo sabía; pero de una manera mental, intelectual, sin salir de sí mismo. Y era por eso que no se atrevía a poner atención en la parte interna de la luz que recorría los abismos, para no sufrir la desilusión de comprender que esas formas allí incluidas eran falseadas y empequeñecidas por su propia mente contrahecha en la experiencia y en el prejuicio de otro mundo.

Hasta ahora él había permanecido solo, sentado sobre un montículo de luz, recordando dificultosamente lo que aquí hemos descrito. Caravanas, relámpagos de luz, habían pasado desde entonces y los límites de este universo se extendían indefinidamente, repitiendo en todas partes su propia imagen y su nombre, que él no lograba olvidar. Pero ahora quería ver y levantó la vista.

Sobre el azul y el dorado de las alturas, un ser maravilloso se detuvo. Era un joven cubierto con una túnica de bordes celestes y de manos albas como nubes, que se había detenido a contemplarlo con extrañeza.

―¿Qué haces ahí sentada, alma? ―exclamó―. Veo tus pensamientos, y me ha detenido tu preocupación.

Él extendió sus manos implorantes.

―¡Oh!, viajero, dime, si sabes, ¿dónde debo ir, dónde podré encontrar esa fuente, ese punto central y luminoso del que todo procede y que queda fuera de mí mismo? Sufro, porque no puedo salir de los límites de mi forma imperfecta, que coloca su sello en todo lo que veo. En ti comprendo que hay latitudes, lejanías que me circundan; en la luz que nos envuelve, entreveo el universo inmenso que reduce mi existencia a una sombra efímera y perecedera. ¡He abandonado una cárcel y, sin embargo, sigo prisionero! Quisiera poder remontarme a la luz que me disuelva y me permita contemplar los infinitos mundos que ruedan afuera de mí mismo. A ese punto central, a esa causa, a ese sueño grandioso de Otro Ser, a esa perfección que me reduzca y que me de un sitio orgánico en la luz y en el latido que lo compenetra todo.

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