Como en un monólogo, el profesor habló fuerte, mientras se paseaba:
—Sí. ¡Qué sabe la ciencia! Es cierto, es cierto… Se dice que los índices cefálicos prueban…
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…la superioridad de la raza y la evolución del hombre actual. Pero la capacidad cúbica craneana del Homo Musteriense y del Neanderthal era superior a la nuestra según detalladas mediciones. ¿Entonces? ¿En dónde estamos? ¿Y el hombre del Cro-Magnon ha vuelto a aparecer sobre la tierra? Solo en Grecia, tal vez, hubo una belleza y un equilibrio iguales… El cerebro es una cosa rara, muy rara; una vértebra que floreció, que se abrió como una flor y que en vez de suave o penetrante perfume, emanó ideas, pensamientos, es decir, perfume también, «flatus», «humus cósmico»… ¿Y por qué las demás vértebras no podrían también florecer, expandirse, transformarse en cerebros? Entonces el hombre sería redondo, sí, redondo, como un planeta, como un astro, y giraría tal vez en el cielo de la sabiduría, con todas sus vértebras pensando. ¿No es esto, capitán, lo que a usted le interesa? ¿No es esto lo que se llama ocultismo? O sea, pensamiento oculto, que no se dice, que no se confiesa al vulgo; pero que se medita callado, a veces, en la noche, cuando nadie y solo Dios nos ve… A usted le interesa América, el sur de su patria; pues bien, yo, que soy un europeo, puedo decirle una cosa: esta raza de aquí, los restos que usted va a encontrar en los canales, no pertenece ya a nuestro ciclo, corresponde a otro astro, a «otra tierra», y es hija de otro Adán. Puede que usted, por haber alimentado en esta tierra sus huesos tenga algo de ella; pero yo no tengo nada en común y soy un rebelde de otro cielo… Esta raza de los canales es un resto del paleolítico y persiste aún junto a sus «conchales» y a sus «eolitos», a sus piedras de la aurora de la humanidad… Debiera creerse que hasta su albúmina es distinta… Mire, capitán, ¿sabe usted algo del hombre magdaleniense? ¿Sabe algo de su arte? Esto le dará un indicio y le servirá de ejemplo para aquilatar la diferencia… Siempre me han preocupado las cavernas del período Magdaleniense. Es algo tan extraordinario, tan… ¿cómo decirlo…?, unitivo y, al mismo tiempo, leal; externo, lejano… A la vez que se penetra del objeto representado y lo ve por dentro, se coloca fuera y lo mira, lo contempla, con un alma sensible, fina, tierna y delicada. Tal delicadeza no ha existido aún en nuestro tiempo. El artista de las cavernas de Altamira, que pintó un bisonte en la roca oscura y misteriosa, vio tal vez en el animal a un dios perdido, un estado arcangélico irremediablemente pasado para su alma, y fue tal su dolor y su emoción que se retiró a lo más profundo y solitario de la caverna para recordarlo. Observe usted, capitán, ¿por qué, por qué ese antepasado del paleolítico no dibujó jamás un rostro humano? ¿Por qué no pintó su rostro sobre la roca? Quizás tenía vergüenza de sí mismo, de su desnudez indefensa de Adán. Había perdido el dios del animal y aún no encontraba al dios del hombre. Tenía vergüenza de sí mismo. Seguramente usaba máscaras de animales, trataba de imitar y compenetrarse de lo perdido, hacía una «comedia» de su vida. Y en ese estado intermedio, invocaba a Satán, como única escapatoria, es decir, encontraba en el arte su fuerza y su evasión en la «representación». Cuando se atrevió a pintar al hombre, lo hizo solo en forma esquemática y simbólica, por medio de signos abstractos, que aún perduran. Imagínese a ese hombre, a ese «monstruo de sensibilidad», acurrucado en un lugar húmedo y sombrío de la caverna, usando cabeza de toro y pintando, reproduciendo de memoria, seguramente con los ojos cerrados, al animal amado y temido…
El profesor vociferaba y sus palabras salían a borbotones y con facilidad:
—¿Y qué pasó? Todo se acabó de pronto. El hombre del Magdaleniense dejó de pintar; ese arte sagrado se interrumpió de la noche a la mañana en forma misteriosa y repentina, y ya no hubo tradición que lo alimentara y perpetuara. Esa raza de hombres extraños desapareció de Europa. ¿De dónde venía, de qué lugar procedía su evolución, su magnífico equilibrio y su sentido del drama? Aquí sí, capitán, aquí puede ser que tenga un asidero el mito de la Atlántida. A lo mejor su desaparición coincide con un gran hundimiento, con una catástrofe en el Atlántico… Pero hay algo más importante, que es adonde quiero llegar. Toda la investigación posterior ha hecho hincapié solamente sobre la pintura magnífica y naturalista de los animales, haciendo caso omiso de los signos esquemáticos en que se representaba al hombre. Sin embargo, para mí y para usted principalmente, es esto último lo que tiene más importancia. ¿Se da cuenta? Ellos no pintaron al hombre más que como un símbolo, nunca una realidad. Es decir, como una fuerza, una energía, un arquetipo, algo que actúa, que se produce como un gesto, como un pensamiento, como una idea, como un símbolo, o una «representación»; que no es real como un animal; pero que ya no puede perecer, porque se reproduce eternamente, siempre que haya alguien capaz de «pensarlo», de interpretarlo en su estructura simple, esquemática, cósmica, de signo. Es un drama y una comedia: la imitación y la interpretación de una fuerza. El hombre puede perecer; pero queda el signo. Y mientras haya cavernas en el mundo que conserven estos signos, aunque el hombre sea borrado de la superficie del planeta por una gran catástrofe, esos signos vibrantes le volverán a producir. Esto es lo que yo pienso, capitán. Y pienso más, creo que luego el hombre se desvió. Y que es aquí en América, en el sur, donde podría retornar esta «sabiduría de las cavernas»…
