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Lirios blancos para la tumba de los héroes

de Ni por mar, ni por tierra...

Segunda edición completa (EB Libros. Santiago, 2017). Ir a Catálogo de EB Libros…
6 septiembre 2026

Desde hace años, todos los 5 de septiembre se efectúa en el cementerio de nuestra ciudad un homenaje a los muchachos que fueron masacrados en la torre del Seguro Obrero, muertos por sus ideales.

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Desde hace años, todos los 5 de septiembre se efectúa en el cementerio de nuestra ciudad un homenaje a los muchachos que fueron masacrados en la torre del Seguro Obrero, muertos por sus ideales. Eran nacistas, pero más que esto, eran chilenos, y más aún, eran de nuestra generación. Sus antiguos camaradas les rinden culto en esa fecha.

De esto hace algunos años. Con un amigo fuimos al cementerio para presenciar la ceremonia. En la entrada nos dieron unos lirios blancos, y luego caminamos por los senderos apacibles. El sonido de nuestros pasos se perdía entre las tumbas, los mausoleos fastuosos y los verdes prados. Los lirios parecían antorchas de llamas blancas. Ese día visitamos todas las tumbas de nuestros hermanos. ¿Te recuerdas de ello, querido amigo Juan Dérpich? Fuimos donde tu gran camarada Jaime Rayo y ahí dejamos unos lirios. Estaba muy arriba en un nicho solitario. Y depositamos también otros junto al rostro de Barreto, que mira al claro cielo. Después llegamos hasta el campo abierto, donde están las tumbas pobres y donde reposan los mártires del 5 de septiembre de 1938. Ahí, frente al monolito recordatorio, había un bosque de banderas y de uniformes. De pie cerca del monolito estaba el Jefe, Jorge González. Aquel mismo que traicionó los ideales de los muertos, por el hecho fatal de ser un hombre que perteneció a otra generación y que, como todos, estaba separado de la nuestra por un golfo insalvable. Si por un momento se superó a sí mismo, subiendo tan alto que ya parecía un genio encendido y loco, fue únicamente porque la luz de Dios lo inflamó; pero luego la perdió, quedando como una horma vacía y fantasmal. También los hombres pueden morir en vida, principalmente los hombres superiores que se traicionan, asustados, renunciando a su propio martirio, a su calvario. Los abandona la luz y Dios los confunde. Ahora el Jefe levantaba el rostro con su hermosa frente angustiada y buscaba las palabras, ha blando a los viejos camaradas con sus familiares gestos de orador. Y los muertos, los muertos ya no estaban, el aura se había perdido, la magia y el milagro habían sido rechazados. Ni sobre los grandes árboles ni en el claro cielo flotaban las sombras de los héroes. Ellos ya no vendrán más, ellos ya se fueron para siempre.

Y entonces retornamos meditando en que aquella peregrinación al cementerio había sido un símbolo de nuestra generación. Muertos y más muertos; el héroe de los sueños gloriosos, los mártires convencidos, entregando su sangre generosa a un puro ideal de redención, y el poeta solitario, débil frente a un mundo hostil. Todos ellos por diversos caminos han saltado a la otra orilla, cumpliendo el destino trágico de nuestra generación… ¡Los mejores de nuestra generación! Y recordé otro año más antiguo aún, en que, emocionado al presenciar el desfile de las banderas, como un bosque de oleajes rojos, que avanzaba por las calles en medio de los cantos y los uniformes de los mismos camaradas de los mártires, me uní a ellos y les acompañé. Óscar Jiménez, que ahí iba, me cogió del brazo y me dijo: «Vas con nosotros. ¿Te gustaría morir con nosotros?». «Sí», le dije… Y sin embargo aún vivo. Aún no he muerto. Y a veces pienso que ha sido un error. Porque como ellos tampoco sé vivir. Y solo aspiro a escapar, a marcharme por cualquier resquicio, hacia arriba, siempre hacia arriba. A vivir muriendo. Se me abate el alma. El oro de los mundos y de los sueños me hace odiar la realidad y no puedo despegar el sentimiento de los viejos recuerdos. Por eso camino volviéndome y con los dientes apretados quiero llegar a donde todos aspiraron. Me levanto cada día de mis caídas y debo conservar la fe en mí mismo, pase lo que pase. Seguir y llegar, para que en mí puedan salvarse los mártires y los suicidas. Porque con uno que llegue, basta para el destino de una generación…

Pondré fin aquí a este relato demasiado largo y sombrío de la vida de un sector de mi generación en Chile. Comprendo que es algo angustioso; porque lo es aun para mí mismo. El describir y revivir todo esto es como una penitencia que me he impuesto. Deseo alejarme y respirar el aire claro de las cumbres y los campos… Pero es que así fue nuestra existencia, como por un designio de la historia y de la tierra. Una generación desvinculada, sin lazos con el pasado y sin caminos en el porvenir. Agónica y sin voluntad, ha soñado todo, ha amado como ninguna y ha presentido la grandeza del misterio de la patria y del futuro. ¿Quién se salvará? ¿Quién llegará al límite extremo de los hielos del mundo y de los hielos del propio corazón? Solo ahí, en la serena paz blanca, en el supremo esfuerzo de la voluntad, podrá encontrarse una salvación. Y aquel que llegue salvará al mundo y reunirá los pedazos dispersos en los vastos horizontes de esta tragedia.

Alejémonos de estos dolorosos territorios. Solo sombra y noche. De vez en cuando cruzan cometas ardientes. Se oyen voces: «El color de la sangre no se olvida…». Y contesta un grito: «¡No importa, camaradas, nuestra sangre salvará a Chile…!». O una pregunta: «¿Quién ríe ahora, los de aquí, o los de allá?». ¡Soñamos! ¡Sí, sobre altas colinas, y nuestros sueños abarcaron los tiempos y los siglos! Creíamos que bastaría un gesto para conquistar el mundo, al compás de una música gloriosa. Santos, locos y suicidas. Ideales tronchados, sueños rotos. Esta fue mi generación. Y desde ella, que es trémula y grande, yo parto y camino hasta el borde de los hielos, para hacer algo por los que después de mí vendrán; porque no quiero que ellos se encuentren un día con la dificultad y desesperación que nosotros hallamos. Soledad y olas negras golpean la noche, nosotros, los náufragos, miramos hacia adelante y no vemos aún a los que nos van a continuar. ¡Gastamos las energías de un siglo, fuimos la última cumbre antes del hundimiento! Y en la amplitud de la noche, donde nuestra alma está cosida con doble pespunte, solo sentimos la tierra, la montaña sagrada, el paisaje inmenso de la patria, que es el personaje supremo que todo lo domina y lo vence, que todo lo supera y lo transporta… y el golpeteo del mar sobre la roca milenaria, el ruido negro de la ola, el espanto del mar…

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