Escritos

Mi encuentro con Krishnamurti

Artículo

Londres.

La Nación, Santiago de Chile, 24 de mayo de 1953.

Durante su recalada en Londres, rumbo hacia la India para asumir allí el cargo de encargado de negocios de Chile.

 

¿Será verdad? De nuevo he podido ver París. He peregrinado por sus calles y por sus puentes. Y otra vez la misma luz a través de las nubes, como viniendo de otro universo, como queriendo anunciar algo, una inmensa premonición, que jamás se cumple. Es que el «esprit de finesse» es eso: insinuar algo, hacer una alusión del drama, de la profundidad, del inmenso misterio; pero jamás cumplirlo. Basta con una pincelada, con un tono, con una alusión. Los árboles se envuelven en el polvo de oro de un sol que presagia la primavera, y yo pienso que a través de ellos podrían transitar seres que ya no están en este mundo; pero que son compañeros de esas estatuas y de esos puentes, pues su alma es tan dorada como ellos. En el muelle de las Flores (quai aux fleurs) compro una flor, y en su perfume está el perfume de Notre Dame, de la pequeña y maravillosa capilla de San Luis. En el rojo clavel está el aroma de los «vitraux» del medioevo.


Sin patria

Pero hay que partir, siempre hay que partir. Por lo demás, para poder percibir la belleza no hay que vivir demasiado en ella. Los franceses ya no saben que París es bello. Llevan demasiado tiempo viviendo en él. En el avión pienso. Recuerdo el lejano Chile. Algo puede flaquear en mí. Entonces viene a mi mente la lectura de uno de los últimos libros de Krishnamurti. ¡Qué poco se conoce a este extraordinario y descarnado pensador! Se le mira como a un místico, como a un iluminado, como a un teósofo; pero Krishnamurti no es nada de eso. Krishnamurti es un filósofo, mejor dicho, un psicólogo y, tal vez, un escéptico. Quisieron hacerlo un mesías o un «gurú», pero él se rebeló contra el fanatismo. Más que nada, Krishnamurti es hoy un solitario sin patria. Su mentalidad ha traspasado todo nacionalismo y su forma de expresión es más bien la de un occidental, aunque conservando el tono no discursivo, carente del virtuosismo lógico y angustia metafísica del occidental. Por lo general vive en Norteamérica e Inglaterra, o Suiza. Sus libros son recopilaciones de charlas y de conversaciones. Su técnica es la de un psicólogo. El psiquiatra alemán Kretschmer aconsejaba viajar a la India para estudiar las experiencias y la ciencia yoga. Según él, valía la pena intentar traducir al lenguaje de la técnica científica occidental aquellas lecciones de profunda psicología. Los yoguis, con miles de años de anticipación han descubierto las verdades que solo hoy vislumbran el psicoanálisis, el autohipnotismo y el hipnotismo, la telepatía, el estudio de los sueños premonitorios, etcétera. Los aforismos del yoga de Patanjali no han sido superados en su profundidad ni en su certeza por ninguna psicología ni por ninguna mística ni religión que practique la gimnasia psíquica, al estilo de los ejercicios de san Ignacio. Jung ya intentó algo de lo que Kretschmer recomendaba y, por esto, tal vez, es el más extraordinario suceso de nuestro tiempo. Pero la verdad es que todo esto Krishnamurti ya lo ha hecho. Y lo ha hecho sin decirlo. Y de una manera que ningún psicólogo del Occidente pueda pretenderlo. Es decir, empezando toda la práctica y toda la enseñanza por él mismo. He aquí la diferencia entre Oriente y Occidente. El Occidente cree que basta con «estudiar». El Oriente sabe que nada puede lograrse sin «practicar». Es decir, que la medicina debe ser primero probada por el médico. Solo pueden curar los sanos. En el lenguaje religioso esto se ha llamado mística y santidad. Los yoguis solo hablan de transformación, de transmutación. Son los científicos de la unión con la Divinidad, o con el Sí Mismo, de la psicología de Jung.

Krishnamurti está empujado por el mismo viento, o vendaval, que agitara a su patria con el budismo y que encuentra la raíz en el brahmanismo y en Patanjali: hay que destruir la ilusión. La ilusión es la causa del sufrimiento y de la imperfección. Pero Krishnamurti aplica una técnica casi junguiana. «Piensa por ti mismo, investiga en tu pensamiento, sigue el curso de tus ideas, de todas tus ideas, sé el centinela, el vigilante de ti mismo. No te opongas a nada, ni aun al mal; deja que bien y mal fluyan en ti; pero no participes, obsérvalos, ve hasta donde llegan y percibe su raíz y su causa. Pero no cometas jamás el “pecado” de impedir que un pensamiento cualquiera surja en ti, ya sea bueno o malo. No concentres tampoco la mente. Mira, observa en forma imparcial y vigila. Es la única manera de no esterilizar la mente, de no secar y hacer estrecho el pensamiento. Cuando algo en ti sepa que tú no te opones a nada, pero que tampoco participas, entonces todo morirá en ti, morirá la ilusión, el bien y el mal, el dolor y el placer, y tú estarás inmóvil, como la llama de una vela que realmente alumbra; habrás “freído las semillas”. Mientras vivas en la ilusión nada pretendas saber, ni sobre la vida ni sobre la muerte. Mira fluir tus preguntas y, cuando de ellas no participes, entonces verás nacer un nuevo pensamiento, un extraordinario pensamiento… Pero de esto yo no te puedo hablar, porque tendrás que descubrirlo por ti mismo. No me mires a mí como a un mesías. Nadie puede ni debe ayudar a nadie. Tú tienes que salvarte. Persigue suavemente, indiferentemente, la raíz de tu inquietud, que está en tus sueños y en tus ideas dispersas de todos los días…».

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