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¿Qué hay en el ser humano? ¿Qué hay en nuestra sangre?

en La brújula del alma está marcando el sur

Primera edición (EB Libros. Santiago, 2015). Ir a Catálogo de EB Libros…

Por años y años me hago esta pregunta. Y no hay respuesta, o no deseo que la haya. Al recordar aquellos espantosos sucesos del 5 de septiembre de 1938 me la he vuelto a hacer, tratando de penetrar la sombra, descorrer el velo.

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Por años y años me hago esta pregunta. Y no hay respuesta, o no deseo que la haya. Al recordar aquellos espantosos sucesos del 5 de septiembre de 1938 me la he vuelto a hacer, tratando de penetrar la sombra, descorrer el velo. Y me digo: Una cosa es recibir órdenes y otra, cumplirlas. Además, ¿por qué ejecutarlas de ese modo? «¡Maten a los rendidos! ¡Brazos en alto! ¡Mátenlos a todos!…». ¿Cómo es eso? ¿Cómo puede ser? Sin embargo, esto se repite en nuestra historia: el macabro suplicio de Caupolicán; a Portales le asesinaron en la forma más horrible, de rodillas y engrillado. Le volaron la mano y medio rostro de un disparo. Luego le acribillaron a balas, a bayonetazos y a puñaladas. Ya muerto, le sacaron sus ropas; desnudo, le siguieron masacrando. Y en la revuelta contra Balmaceda, crueldades y saqueos por doquier. Y en la Guerra del Pacífico, las tropas chilenas entrando a saco y robando en Lima y La Paz, y también asesinando. Es algo animal, es un ritual, como el de los galgos mordiendo y destrozando a la liebre, que no ha podido ponerse a salvo. Es el gato torturando al ratón, antes de desollarlo.

Esos carabineros, esos oficiales, pudieron negarse a cumplir la orden de masacrar a los rendidos; en lugar de ello, se dedicaron a ultimarlos con saña, con odio; me atrevería a decir con placer. ¿Qué hay aquí en la raza de maldad congénita, de ferocidad bestial, de crueldad? Se puede entender que la tropa sea semianimal, infrahumana… Pero, ¿y los oficiales que lo permitieron y que participaron? ¿Qué mal congénito en la raza, en el mestizaje, que no vio don Nicolás Palacios? Porque esto se repite en el Golpe Militar del 11 de septiembre de 1973 (siempre el fatídico mes de septiembre). Pinochet lo dijo, cuando se resistía a dar el golpe: «Si la Policía sale a la calle es distinto; pero cuando sale el Ejército, sale a matar…». Se equivocaba, la Policía también.

¡Sí! La raza, el mestizaje de español con araucano. Pero hay algo más y que toca al género humano, a la condición humana en general. Ahí están el sacrificio y tortura de cátaros y templarios, la Guerra Civil española, con sus crueldades inenarrables, los grabados de Goya sobre la Guerra de la Independencia… El asesinato de Mussolini y Clara Petacci… El asesinato de Rudolf Hess, tras años de tortura en la prisión… Entonces, ¿qué?, ¿por qué? ¿Y los guardaespaldas de Indira Gandhi, que la asesinan a ella, tan frágil, tan indefensa? Los «Derechos Humanos»… ¡Qué risibles! Son una hipocresía y tienen un límite incruzable: la condición humana. Es más, el Demonio en lo Humano, pues el animal, salvo el gato, no mata por crueldad sino por necesidad. El hombre no. Como si hubiera un Demonio que entra y sale de él. Porque aun el gato, cuando juega con el ratón, lo haría porque la carne es más blanda y sabrosa a causa de la sustancia que la rata exuda por el terror. Hay ahí una explicación, una causa. Pero en el hombre no la hay para su locura y su ferocidad. A no ser que cumpla con una necesidad del Demonio que lo posee, con un rito necesario para su alimento (que ablanda la carne humana y la hace más sabrosa), como el gato.

Y esto es lo que yo creo: Un Demonio que trabaja desde afuera y, luego aquí, a través de sus servidores, confederados en sociedades secretas y con poderosas armas psicotrónicas, con magia oscura y tenebrosa, que le preparan su alimento, con guerras y masacres, cada cierto tiempo, con grandes incendios de bosques, manteniéndole su «corral de víctimas» a punto y siempre listo en esta tierra.

Chile es un país de terremotos. Esto condiciona la manera de ser de sus habitantes, los hace solidarios en la catástrofe; pero, al mismo tiempo, inconstantes y olvidadizos, mala memoria, ya que se desea olvidar la tragedia, la desgracia, el terremoto, hasta que se repita en el próximo, el que siempre se está esperando, como en una reserva en el Inconsciente. Se podría decir que Chile es un país de tiritones, donde se alternan las tercianas, de tiempo en tiempo, y se olvidan.

Así fue también con la masacre del 5 de septiembre. Un horror recorrió el país, de norte a sur, de punta a cabo, cuando despertó al otro día y hasta en las semanas que siguieron. Y no más. Las reacciones fueron múltiples y manejadas para que pudiesen durar hasta las elecciones presidenciales próximas, sirviendo a la causa de la izquierda y del candidato del Frente Popular. Se utilizó el sentimiento, dirigiéndolo contra el régimen de Alessandri, contra Salas Romo, Ministro del Interior, contra Waldo Palma, Director de la Policía Civil, y, sobre todo, contra Gustavo Ross Santa María, el candidato presidencial de la derecha que, a no mediar el holocausto y su hábil explotación por la izquierda, habría sido el triunfador. Por esto no hubo escritor de izquierda en Chile, no hubo poeta, periodista o periódico, que no manifestara su indignación, que no rasgara sus vestiduras, con encendidas crónicas y poemas, condenando el crimen, exaltando a los mártires y manifestando su consternación por el suceso horrendo, la masacre inusitada y cobarde. Sin embargo, todo esto se paró en el umbral mismo donde se ocultaban los secretos, como era de esperar, agotándose, al final, en la expresión verbal del horror, sin llegar a nada serio, como sucede siempre en el país de las tercianas y de la hipocresía. La misma iglesia católica, que en otros momentos se ha levantado para aparecer como campeona de los Derechos Humanos, creando «Vicarías de la Solidaridad» cuando le ha convenido, para defender sus intereses y «capear» el temporal, entonces guardó vergonzoso silencio, no dijo nada; estaba con Ross Santa María. Y fueron esos mismos intelectuales, que poco antes escribían contra los nazistas, los que ahora los levantaban hasta el cielo. Así lo hizo Vicente Huidobro, quien no hacía mucho publicara su «Carta a un Nazi»; Daniel de la Vega, con un exaltado poema «Entre los Andes y el Mar»; Pedro Sienna tituló a su poema «Hace un Año»; Víctor Domingo Silva: «Gajo de Laurel»; «Ayax» (Aníbal Jara): «Con los Brazos en Alto»; Emilio Rodríguez Mendoza también escribió y Manuel Lagos, el poeta nazista, en sus «Palabras a César Parada».

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