Escritos

Introducción de la Antología del verdadero cuento en Chile

Prólogo

Con este texto presentó su primer libro, editado en 1938.

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Vida es acción del hombre sobre el mundo. Vida es humanizar. En el sentido ideal; puesto que hoy tenemos que mirar éticamente por los valores. Por los valores positivos. De este modo debe y tiene que ser en la realidad.

Nuestra generación, que ha nacido vieja en «incomodidades», sabe esto, sabe muchas cosas. Mas de nada le vale. ¿De qué le puede valer, cuando está más explotada que un zapatero? (Entendiendo que el artesano es el que mayor independencia económica logra en Chile). El artista de nuestra generación ―y en general― vive una vida de perro negro, en desconsideración, en vejaciones económicas y espirituales, en Santiago de Chile.

Vivir la vida recta y virilmente, como es en sí, es grandemente difícil hoy. En todos los sectores coexiste el capitalismo, con sus crecidos santos de trapo o de viento, fantasmas grises que viven en lapidaria simbiosis, que arriban y se arrastran. Para «triunfar» se necesita luchar; pero no luchar como hombres sino como ranas o culebras. Lamer. En esta lucha por la vida, habitada por todos los planos de la existencia, triunfa el que posee mayores argucias inmorales, no morales, mayores gestos femeninos para el hombre. El arribismo recorre, en delirio geométrico, los distintos planos por iguales. Las llamadas izquierdas, o fuerzas de redención, de revolución, solo aspiran a poseer buenos asientos blandos dentro de los parlamentos democráticos, a codearse con los blancos apellidos de la reacción. Han nacido tarados por un complejo de clase y de comodidad. (Complejo que no posee el pueblo, que es sano, sino sus «dirigentes», sus «intelectuales», que pertenecen por lo general a la clase media). Cuando no se es Hombre, se es clase. Entonces se es inferior. El Hombre está por sobre las atrabiliarias y nominales ubicaciones de las clases: es. La clase es el derecho y la actitud que adquiere por herencia, por impulso muerto, el ser que se arrastra. Y aquí sí existe la suerte, existen ventajas, superioridades. Una teoría que haga de la «lucha de clases» el centro y el fuerte es necesariamente una teoría inferior, una teoría esclava, puesto que sostiene la presencia absoluta de un hombre inferior, enfermo, esclavo, no liberado aún, derrotado, dentro de la ubicación de clases. Dentro del mundo de las clases aún existen superioridades y diferencias, existen odios y envidias invencibles, insuperables en su radio propio. Actualmente en el mundo no se vive, solamente se vive en clases. De ahí esos absurdos del paneconomismo, de la dialéctica, del marxismo, del fascismo, del aprismo, etc. Desde el momento que se vive así uno tiene que aceptar su propia suerte inferior o superior. El hombre-clase-media tiene que aceptar su propia oportunidad que lo lleva a hurgar en las falanges conservadoras para codearse con «jovencitos», o bien, a verter venenos estereotipados en subversivos discursos «comunistas». Porque es un hecho que los partidos de «oposición» del mundo están compuestos, en lo corriente, por hombres-clase-media, por periodistas y poetas fracasados, por arribistas (por lo menos aquí en Chile), que aspiran hoy a ser considerados dentro de un sistema democrático de mayorías. Al pueblo no se le habría ocurrido jamás crear un partido; porque el auténtico sufrimiento no tiene aspiraciones exhibicionistas y se mueve en silencio, como todas las fuerzas oscuras y verdaderas. Hoy basta que a un hombre le duela una muela para que, en vez de ir donde el dentista y ponerse en tratamiento, piense en el acto en sanar el dolor de muelas de la humanidad. Los partidos están así compuestos por tuertos, por eunucos, por mancos, por jorobados, etc. Aspiran ―hijos de pastores luteranos― a encontrar una razón de existir en una masonería de «órdenes superiores». La «táctica marxista», por ejemplo, se ha convertido en lo que las viejas fórmulas cortesanas: clichés donde se escamotea la propia existencia.

O el pueblo y su cielo vivo, el campesino; o bien la aristocracia de sangre ―no el grosero burgués―. No ha llegado la hora del pueblo, como vocean los oportunistas, no puede llegar, no debe. Ha llegado la hora del Hombre. Debe llegar. Decir que el hombre realizado está salvado de las clases es redundar.

 

El deber de nuestra generación es organizar la vida conforme a la verdad, conforme a ella misma. América del Sur, continente nuevo, se contagia de Europa. Siendo que aquí podemos vivir distintos, realizar lo cierto. Es necesario luchar contra el imperialismo espiritual. Tenemos el deber de vivir conforme a la verdad, de hacerla carne algún día. Por eso luchamos hoy contra la vida conformada en lo falso. Porque vida es acción sobre el mundo. Y para poder actuar, aun en nosotros mismos, necesitamos aire, necesitamos un metro cuadrado, necesitamos realidad.

La vida hoy, aquí en Santiago de Chile, está organizada en la más verdadera mentira, que es mentira aun en su verdad. ¡Cómo hay que dar de puntapiés para abrir una ventana cualquiera y para abrirla sin humillaciones, sin arrastrase junto a los magnates de viento!

Por un lado las editoriales, por el otro los «escritores consagrados», las alianzas de escritores, o los que, ya solos, se dan vueltas de carnero en un salón.

Empecemos por las editoriales. La editorial «Zig-Zag», en manos de comerciantes extranjeros que temen editar La divina comedia por los subidos derechos de autor que cobraría Benedetto Croce, publica libros y revistas sin ninguna importancia esencial. Pero vamos a otro caso: la editorial «Ercilla», que ha tenido una carrera tan rápida como espectacular, hecha a base de una ensalada de títulos, sin una línea definida y culta, trabajando en Chile, con capitales chilenos, ha hecho una labor lo más antichilena que se podía esperar. Se ha dedicado a editar libros de centroamericanos, de venezolanos, de peruanos, de malos y desconocidos escritores tropicales, que no importan para nada a nuestro público. Ha editado a muchachos desconocidos de otros países, sin dar, como era justo, la preferencia a los nuestros. La editorial «Ercilla» tiene como asesores literarios a algunos exilados apristas peruanos. Ellos han querido, con sus publicaciones, imponer un criterio (en modo alguno esencialmente americano para el chileno) sin ningún respeto, cuando lo que deben hacer es recoger un criterio.

En alguna parte me habría expresado erróneamente sobre el aprismo: pronto estoy a reconocerlo; pero quiero dejar constancia de cuáles son aún mis puntos de oposición al aprismo (no a los apristas, pues, gracias sean dadas, no confundo al hombre con ninguna «teoría», lo salvo). Creo que la teoría aprista, por el solo hecho de pretender ser «teoría», no es americana, creo que se calca sobre una visión del mundo europeo: la visión mecanicista. Su error, que yo repudio, el haber dado preeminencia a lo económico, a lo político, querer establecer en América sociedades determinadas por un hombre político. El aprismo, además, ha dado beligerancia al periodista y ha hecho de las luchas políticas el «modus preocupatione». Todo esto principalmente en un sector de la vida peruana. Porque creo que el aprismo es esencialmente peruano, tiene raíz ―no tan profunda― en el Perú. Los mismos apristas, como hemos podido comprobar, están trabajando constantemente solo con una realidad de allá ―no con la más profunda tampoco. No les cabe ni el derecho a hablar de América, sino del Perú―.

 

Nuestra generación está desamparada, no tiene dónde expresarse. Pero no habrá de arrastrarse. La lucha está planteada. Es una lucha de calidad contra poder de cantidad. Nunca se ha visto aún en la historia que la calidad perezca bajo un pie. Porque calidad significa intenciones de verdad. Solo la verdad se impone.

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