Archivo Miguel Serrano - Escritos

Con Papini y con Florencia

Artículo

Papini-202
Dedicatoria de Giovanni Papini a Miguel Serrano.

El Mercurio (Santiago), 25 de noviembre de 1951.

También fue publicado por El Mercurio el 7 de julio del 2001.

English version…

Hace muchos años que leí Un hombre acabado («Un uomo finito»), de Giovanni Papini. Libro lleno de fuerza, con un deseo ferviente de traspasar los límites impuestos al hombre por el tiempo y el contorno. Esas páginas estaban, además, impregnadas del ambiente de la tierra de Florencia, del paisaje de la Toscana, y revelaban el amor del autor por los caminos polvorientos, los viejos árboles y los montes distantes.

Siempre he tenido una especial predilección por la naturaleza de mi patria. Papini me afirmó en ella. Creí ver una semejanza entre las laderas de nuestras montañas, entre los senderos de nuestros campos y lo descrito por él.

Mi adolescencia fue así bastante influida por ese libro. Admiré a su autor. Y, si entonces lo hubiese encontrado, tal vez se habría cumplido mi más grande deseo de esos años.

La vida es sumamente curiosa. Suele darnos la posibilidad de realizar nuestras aspiraciones cuando estas ya no existen, bien porque hemos perdido toda esperanza de cumplirlas, o porque nos hemos modificado, y otras aspiraciones y urgencias nos impulsan.

Bastantes años después, olvidado de antiguos deseos, he aquí que estoy en Florencia.

El sol del verano cae con una luz tremenda, impidiendo a un hombre del sur del mundo mirar mucho al cielo. Al marchar por las viejas calles, al ir hasta las ruinas romanas y etruscas de Fiesole y contemplar a lo lejos la campiña de Toscana, con sus montes y suaves tonos, algo surge del fondo del ser: es la distancia de los años y el recuerdo del escritor y del poeta que aún vive aquí. Verlo ahora sería como rendir un homenaje a esos tiempos mejores.

Buscándolo por Florencia, tengo ocasión de ver la Piazza della Signoria, donde está el David de Miguel Ángel y hay una fuente con obras de Benvenuto Cellini. Contemplo el Palazzo Pitti. Cruzo de vuelta el Ponte Vecchio y después asciendo por los escalones de la casa del Dante Alighieri. «Por aquí ―pienso― subió Dante, despacio, y con el alma fecundada y madura por la imagen de Beatriz».

Los anticuarios del Ponte Vecchio me han mostrado sus anillos y sus trabajos primorosos. Uno de ellos me ha dado también la dirección de la casa de Papini. El escritor vive en Via Guerrazzi, 10.

Pero Papini no está en Florencia. Se ha ido a pasar este verano a la costa del Mediterráneo, a Forte dei Marmi, cerca de Viareggio.

El tren para Viareggio no sale hasta las cuatro de la tarde. Puedo contemplar mientras tanto las pinturas de Fra Angelico en el Museo San Marcos. Y encuentro que es maravilloso que con esta luz y este calor el hombre se transporte hasta las profundidades de la luz mística. Porque cuando hay tanta luz afuera, debe ser difícil encontrarla adentro… Sin embargo, en Fra Angelico aparece la «voz de Dios», envuelta en la luz definitiva y en el calor del verano de Italia.

A Forte dei Marmi llego en la tarde, ya oscuro. Y no veo ese mar antiguo, cuyo oleaje se siente próximo. Un automóvil me lleva a la villa donde se encuentra Papini. Y entro en un parque en sombras, descuidado.

Nadie viene a mi encuentro; me guío por una débil luz y un rumor de conversación. De este modo caigo en medio de una reunión familiar en el jardín de la villa.

Algunas personas se levantan, y después de un breve cambio de saludos, se van y me dejan solo con el escritor y su esposa.

Papini es más joven que Hesse; sin embargo, se ve más desgastado, más destruido. Es alto y con su cabello disperso. Está completamente ciego de un ojo. Da la impresión de ser un hombre que ha ido dejando trozos de sí mismo en su paso por la vida.

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