Archivo Miguel Serrano - Escritos

La falsificación de Hermann Hesse

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Letrero del portón de entrada de la casa de Hermann Hesse en Montagnola.

El Mercurio (Santiago de Chile), 10 de marzo de 2002.

«Es un escritor eterno, no de una época determinada, sino para la inmortalidad».

 
En un diario de Santiago se ha publicado una crónica sobre Hermann Hesse pretendiendo hacerlo pasar como un escritor «pasado de moda».

Tuve la suerte de ser amigo del gran escritor alemán. Aún después de su muerte, y habiendo abandonado ya la diplomacia, habité por diez años la antigua Casa Camuzzi, en Montagnola, en la Suiza italiana. Fue esta la primera casa de Hesse en ese pueblito de montañas, vecino de Lugano.

Es absolutamente absurdo creer que Hermann Hesse «pasó de moda», como un escritor para la juventud de hace cuarenta años. En verdad, a Hesse lo pusieron artificialmente «de moda» y lo usaron con fines precisos para desorientar a las nuevas generaciones de los años cincuenta y sesenta. Recuerdo muy bien que Suhrkamp Verlag, el editor alemán de Hermann Hesse, tenía por obligación vender cuarenta mil ejemplares al mes de la obra de Hesse y, para ello, se valían de toda clase de publicidad y presión sobre las jóvenes generaciones de la época. Fue así cómo en EE. UU. se falsificó y transformó a Hermann Hesse, haciéndole aparecer como un hippie, propiciador de la droga, etcétera.

Un día los hijos de Hermann Hesse me buscaron en Montagnola para consultarme sobre la inminente llevada al cine de El lobo estepario. Querían conocer mi opinión al respecto. Acompañaba a Heiner Hesse el productor norteamericano y guionista del pretendido film. Les respondí diciéndoles que yo recordaba muy bien una conversación con Ninon Ausländer, la última esposa de Hermann Hesse, quien me había revelado la opinión de su marido (que también era la suya) en contra de cualquier filmación o televisión de sus obras. Además, esto aparecía en el testamento de Hermann Hesse, agregándose una salvedad: «Solo si sus hijos estuvieran en mala situación económica él aceptaría que llevaran al cine alguno de sus libros». Pregunté a los hijos de Hermann Hesse si este era el caso. Me respondieron que no, pero que ellos aceptaban la filmación a objeto de «ayudar a las juventudes del mundo». Se despidieron y me dejaron el manuscrito de un proyecto cinematográfico para la novela, El lobo estepario. Me encarecieron que les diera mi opinión. Debo decir que el autor del libreto era el mismo director de la obra de James Joyce Ulises, que también fue llevada al cine.

Leí el texto de marras y, con verdadera sorpresa, descubrí la invención de largos párrafos, que jamás fueran escritos por Hermann Hesse: discursos contra el nacionalsocialismo. Hermann Hesse no podría haberlos escrito, pues El lobo estepario fue concebido y publicado antes que el nacionalsocialismo llegara al poder en Alemania.

Llamé por teléfono a Heiner Hesse y nos volvimos a encontrar con el guionista, en Montagnola. Les hice presente mi indignación. Aceptaron que era un agregado, hecho a conciencia: «Porque en los EE. UU. se acusaba a Hermann Hesse de que su obra literaria se hallaba inspirada por la misma mitología y tradición nórdicogermánica que fuera la culpable del nazismo», me dijeron. Después de esa explicación no me quedó más que devolverles el borrador del libreto, diciendo que yo me oponía a la filmación.

El lobo estepario fue llevado al cine ―tengo entendido―, pero sin esos agregados ―creo―.

Desgraciadamente, el profundo escritor y poeta  Hermann Hesse fue falsificado y vulgarizado por un mundo en decadencia. Necesita ser releído hoy por los mismos que antaño se estremecieran con su misterio. Demian, por ejemplo, fue siempre entendido por los serios lectores de esa época como una obra simbólica, donde, además, se refleja la leyenda masónica de Eva y los «hijos de la viuda» (Demian, uno de ellos), y Sinclair (nombre representativo de los grandes maestros hereditarios de la masonería escocesa), quien también interpreta la concepción junguiana del Self, o del Sí-Mismo, con el ánima ya unida al Sí-Mismo; el Hombre-Absoluto. Eso es el personaje de Demián (el Self, de Sinclair). Demian también es un seguidor del dios gnóstico, Abraxas, que reúne en sí los opuestos.

Ahora bien, El lobo estepario es un maravilloso juego en la línea de La flauta mágica, de Mozart (músico que Hermann Hesse admiraba). Pamino y Pamina, Papageno y Papagena en la obra de Hesse son Hermann (Harrier) y Ermine, el femenino de Hermann (desgraciadamente, en la traducción al español se ha cambiado el nombre de Ermine). Es decir, en esta obra de nuevo se presenta el misterioso y profundo juego metafísico de Mozart y de Jung, de Orfeo y de Platón: del ánima y del ánimus.

Sobre la más trascendental obra de Hesse, El juego de abalorios, declaraba el secretario general de las Naciones Unidas de los años sesenta, Hammarskjöld, que si él fuera confinado en una isla solitaria, lo único que desearía tener consigo sería esta obra maravillosa. Y Henry Miller, autor de Trópico de Cáncer, me escribía diciéndome que para él Siddhartha era el libro más importante que había leído, porque, en unas pocas páginas, resumía todo el budismo zen. Y me contaba también que en su cabecera siempre tenía el libro El círculo hermético, sobre mis conversaciones con el escritor. Desgraciadamente, no había podido conocer personalmente a Hermann Hesse, porque, habiendo ido a visitarlo a su casa en Montagnola, se encontró en el portón de entrada con un letrero escrito en alemán, que decía: Bitte. Keine Besuche. Miller conocía el alemán y pudo traducirlo: «Por favor, no se admiten visitas». Por suerte yo no sabía alemán, pude entrar, ser recibido por Hermann Hesse y hasta el día de hoy sentir que fui un agraciado, un bendecido por los dioses, por haber llegado a conocerle y a honrarme con su amistad.

En recuerdo de esos grandes tiempos y de ese misterio he deseado escribir estas líneas, haciendo ver que Hermann Hesse es un escritor eterno, no de una época determinada, sino para la inmortalidad.

¡Sí! Hay que volver a leer sus libros. Y resucitarlo…

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