Escritos

Más allá del nacismo

Artículo

La Nueva Edad, núm. 9 (21-10-41).

La verdad es la siguiente: al comienzo de los tiempos, es decir, antes de la historia, el hombre fue feliz y perfecto. Existió la justicia.

Había un continente central, serenamente encuadrado dentro de los signos y de las fuerzas universales, donde existía felicidad, energía, triunfo y donde la muerte, es decir, el miedo a la muerte, no había aparecido, porque el hombre vivía poderosamente entregado al momento, concretado al presente. El hombre era distinto; lo era aun físicamente.

Reduciendo la definición a su sentido primordial, a lo que debe ser, porque fue, la vida es la lucha del hombre contra el mundo y humanización del mundo por el hombre. En aquellos tiempos el hombre estaba triunfante. Luchaba con el mundo, y en ese dualismo primordial ―hombre-mundo―, el hombre vencía, porque respetaba la ley de la tierra, la conocía con su cuerpo, primero, para luego emplearla, dominarla, humanizarla. Era la felicidad, la grandeza perdida, lo que corrientemente llaman paraíso. Los mitos recuerdan aquel tiempo porque el mito es eso; un recuerdo biológico, y espiritual también, que permanece en las entrañas, como un gran sueño lejano de una grandeza que hay que reconquistar.

La razón por la cual el hombre cayó, derrotado por su contrario, por el mundo, desaparece en el misterio. Se sabe que hubo catástrofes geológicas, que se hundieron continentes, que aquella zona central desapareció. El hundimiento de la Atlántida ya tuvo precedentes y esa historia trágica se remonta en el tiempo, como una leyenda que se pierde en los inmensos y misteriosos orígenes. Pero el hundimiento de las tierras no fue desde luego la causa que derrotó al hombre y lo redujo al estado «histórico» de desarraigado e imperfecto, sino que, al contrario, el cataclismo fue la consecuencia de la derrota del hombre. La tierra quedó libre y suelta, empezó a triunfar, a tomar su venganza. Desde entonces hasta ahora no ha sido nunca más dominada.

El sentido de la historia es, pues, la búsqueda por el hombre de su grandeza perdida, es el relato de su miseria y de su desesperación. En este artículo, con las inevitables limitaciones que se nos imponen, vamos a tratar de explicar cómo los acontecimientos contemporáneos ofrecen la posibilidad de liquidar la historia y cómo este es el papel que le está indicado a Sudamérica.


Qué es el hombre

El mundo empieza con el hombre. Antes del hombre no podía existir nada. El mundo es un misterio, porque es un misterio para el hombre. Y es un misterio porque el hombre mismo es un misterio. El hombre no se puede explicar a sí mismo, porque el espíritu, para desdoblarse de este modo, tendría que desaparecer. El hombre no tiene por qué preguntar, el hombre existe, es. Es desde siempre; con él comienza el mundo; el misterio está en él.

Cuando el hombre cayó, perdiendo su estado de original perfección, comienza la historia, que es el argumento trágico de su búsqueda y de sus equivocaciones y la lucha que el hombre sostiene desesperadamente por perdurar, por no desaparecer destruido por los elementos que ya no controla y que lo golpean ciegamente. En esta lucha el hombre ha dado muestras de una resistencia grandiosa. Es que no en vano perteneció a una superior estirpe de reyes. Si el hombre desaparece, el mundo se hará añicos, porque las fuerzas desencadenadas se volverán contra ellas mismas por falta de control.

En este artículo nos interesa explicar principalmente la historia y sus últimas consecuencias. Es el hombre quien, al perder la Vida, empieza a hacer la historia, intentando recuperar lo que ha perdido. Por eso debemos empezar explicando qué es el hombre. Mejor dicho, qué fue el hombre.

El hombre fue, en aquel superior tiempo, un ser total, es decir, completo, un ser en expresión espontánea y armoniosa de todo su conjunto: el cuerpo, el alma ―o lo que han llamado el inconsciente― y el espíritu se manifestaban simultáneamente, en conjunto, respetándose unos a otros, y no uno solo de ellos ―como hoy sucede― en desmedro de los otros a los cuales tiraniza. Se cumplía en una forma desconocida e insospechada el lema de «mente sana en cuerpo sano». En eso ―vedado luego para el hombre― consiste la felicidad. Esa fue la grandeza: el hombre total, pleno, completo, en la expresión de todas sus condiciones humanas, las físicas y las espirituales.

Cuando el hombre perdió y fue derrotado, por aquel suceso desconocido y lejano, que aconteció aquí sobre la tierra, es justo que no haya podido expresarse en la plenitud de sus atributos, sino que se transforma en un individuo imperfecto, fragmentado, unilateral, que es el hombre que nosotros conocemos en la historia.

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