Escritos

Más allá del nacismo

Artículo

La Nueva Edad, núm. 9 (21-10-41).


El gran destino de América del Sur

El cristianismo católico es la religión a través de la cual se manifiesta el ansia de salvación del hombre racional-mecanicista, y que, como todas las religiones hasta ahora, ha equivocado también el camino de la solución, colocándolo fuera de la vida, más allá de la tierra. El hombre determinado por el espíritu racional es católico, es decir, es ecuménico, piensa en términos universales, y se prolonga siempre de una causa a un efecto, buscando lo ilimitado. Es de este modo como ha llegado a limitar al mundo, al descubrir su pequeñez. Como la máquina en su estructura íntima no es más que un raciocinio, una «conclusión», un silogismo, el hombre racionalista descubrirá el tecnicismo. Aquellos pueblos que no están determinados por este mismo aspecto de la vida, que no piensan en términos silogísticos y racionalistas, no podrán producir la técnica, porque no les interesa en verdad, y solo la adaptarán a sus vidas, por esclavitud, o para defenderse.

Un europeo penetrante que viajó por América del Sur hizo algunas observaciones certeras en una de las páginas más interesantes que se han escrito sobre nosotros: el sudamericano está determinado por otro aspecto de la estructura humana (afirmaba que por la sensibilidad). En nuestras palabras, el sudamericano significa una imperfección diferente a la del europeo o a la del hombre de la cultura occidental. Las tierras diferentes, con sus influencias particulares, imprimen rumbos distintos a la tragedia humana.

América del Sur es hoy solo la tierra, el gran continente, con sus emanaciones y efluvios singulares. El hombre que la habita es un ser vencido, aplastado, sin posibilidad de alegría ni de expresión como hombre histórico. La masa de América es solo la iniciación de una posibilidad, el indicio de un futuro. No ha habido en la historia un destino más trágico que el de las generaciones actuales de América del Sur. El sudamericano es un hombre en que la influencia de esta tierra del destino hace experimentar una gran inquietud, pero que no sabe ni puede vivir su propia vida.

La presión de Europa ha imprimido a Sudamérica un rumbo diferente al suyo propio. El sudamericano no vive ni siquiera su propia vida fragmentada, su propia enfermedad. Está enfermo de una enfermedad ajena. Nos sucede como a Rusia; pero sin tener siquiera la fuerza para revelarnos. Además, la tierra poderosa no nos permite llevar nuestra imitación del Occidente al extremo peligroso de Norteamérica. No sabemos hoy, en verdad, lo que somos. Por eso nos hemos creído tantas cosas. Los chilenos, por ejemplo, en una época fuimos los «franceses» de la América del Sur, luego los «prusianos», después los «ingleses», y hasta hemos afirmado ser los «japoneses».

Es necesario que Alemania, llevando a Europa al dominio del mundo, imprima su sello sobre el universo y abra las puertas al nuevo tiempo. Es necesario que nos haga un poco paganos, que libre la batalla contra el cristianismo y nos vuelva a la tierra y al sol, para que nos limpiemos de lo que no nos pertenece y nos centremos sobre nuestra propia particularidad.

Nunca más nos volveríamos a equivocar…

Mas la raza que hoy habita América del Sur parece que es solo una raza de paso. Podría decirse que Sudamérica es hoy un continente deshabitado, sin hombres, que espera el arribo de las legiones.

Para reconquistar la grandeza perdida, la felicidad, el hombre necesita partir hoy de su particularidad, desde su propia vida unilateral, y, desde ahí, elevarse hasta la totalidad del hombre, hasta la plenitud y la perfección, que consisten en la expresión simultánea y respetuosa de su cuerpo ―que es el que escucha la tierra y vive en el sexo―; de su alma, que es la que expresa los símbolos y entabla el diálogo con las fuerzas del cielo y con los misterios naturales; y de su espíritu ―que es el que mira, el que comprende, y utiliza las leyes del mundo para vencerlo, humanizarlo―.

Es a América del Sur a quien le corresponde la misión de liquidar la historia de la derrota humana, de reconquistar la vida gozosa entregada al presente y terminar con la historia dolorosa y miserable. Todos los signos le son favorables. Recibirá la influencia de Europa y de Asia; la época astral que se avecina pasa sobre ella. Pero no será el sudamericano actual el que logrará la felicidad y la fortaleza del Gran Tiempo. Será un hombre que se formará aquí, que se fusionará en este laboratorio, donde advendrá la raza superior, que es la síntesis de todas, o bien, la superación, la sublimación de una de ellas, y que existió ya al comienzo de los tiempos.

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