Escritos

Más allá del nacismo

Artículo

La Nueva Edad, núm. 9 (21-10-41).

Porque la obligación del hombre está en tratar de superar esta diferencia, o sea, esta unilateralidad a que nos estamos refiriendo en estas líneas, para alcanzar la perfección de su integridad. El europeo, que no pudo elevarse hasta la perfección, que no se dejó llevar por el impulso del ansia de salvación que late en el fondo del pecho de todos los hombres, hasta liquidar la historia y solucionarla, hoy se encuentra ya al extremo de su recorrido unilateral, de su enfermedad, y se asfixia. Hoy se ha agotado ya una nueva etapa histórica. Y es de este modo como ha aparecido allá en Europa también una nueva generación determinada de otro modo, con otra de las condiciones, de las expresiones, en que se compone el hombre, predominando, o empezando a predominar. Esta generación entra entonces en lucha con el mundo antiguo, con el viejo hombre, que aún mantiene la posesión del medio físico, de la economía, de todas las relaciones y poderes que componen la civilización. Entra en lucha para arrebatarle el dominio del espacio y de todas estas cosas que a su vez le ofrendarán la posibilidad de expresarse. Mas a muchos de estos europeos actuales, aunque diferentes a los del pasado, les costará deshacerse de sus intereses y de la herencia tradicional. Y ellos toman posiciones reaccionarias junto a los poderes conservadores.

La tragedia del europeo de hoy es que, colocado en la situación de cambiar fundamentalmente una época por otra, no podrá hacerlo, porque su hombre nuevo no lo es tanto al del pasado como para no permanecer cogido por algún lado a la tradición, y no amar los monumentos de una época, que él representó, sufriendo apasionadamente.

El europeo de hoy está ya un tanto agotado históricamente. Lo prueban los diversos signos del presente. Sin embargo, tiene aún que realizar la última etapa, y con su acción debe hacer posible el gran futuro que nos pertenece.


Lo que el fascismo y el nacismo representan

En Egipto imperial, centro de la tolerancia, de la «libertad» y del placer, cuando ya los síntomas indicaban su decadencia, cuentan que el gran sacerdote de Amón trabajaba por retornar las viejas virtudes de fortaleza, frugalidad y disciplina. Había llegado a formar un ejército propio, paralelo al del faraón, con miras a hacer revivir las fuerzas íntimas del imperio.

Es en el agotamiento y cansancio de Europa, en el centro de un pueblo «histórico», que tiene sus monumentos y sus «momias sagradas», donde el fascismo intenta retornar al impulso primitivo, volver a soplar sobre esas brasas semiapagadas. Y es la voluntad acerada y tenaz de un hombre la que sopla sobre el rescoldo, para lanzar de nuevo a su pueblo a «hacer historia»… ¿Será esto posible? Italia es ya un pueblo «histórico», que gastó su sustancia en una búsqueda infructuosa. El nuevo hombre que allí ha aparecido moviliza otro aspecto, otra parte de su existencia; pero también permanece incapaz de destruir la «tradición». Y así hemos visto cómo el fascismo ha perdido fuerza revolucionaria al hacerse «humanista» y aceptar en su seno al cristianismo, ampliándose luego con toda una «mise-en-scène» renacentista. Es la trágica dualidad de un pueblo que cumple la última etapa de una época e inicia una diferente. Las fuerzas que lo impulsan no son bárbaras ni oscuras, sino conscientes y «civilizadas». Así como la gran fuerza de Mussolini es fuerza mental y nerviosa.

Benito Mussolini es un hombre que en las postrimerías de una época lucha contra el destino, se vuelve contra una parte de él mismo. Como Italia es un pueblo más gastado e «histórico», más en el centro de lo que se ha llamado «civilización cristiana», su actuación en los actuales momentos tiene algo de inventado. Inventado por la voluntad de un hombre.


¿Y Alemania?

Alejandro era macedonio, perteneciente a aquella tierra que para el ciudadano ateniense era bárbara. Hijo de una mujer iniciada en las prácticas ocultas, que vivía preocupada de los astros y envuelta en collares de serpientes. Sin embargo, fue en esta tierra, así considerada, donde Grecia encontró las fuerzas para realizar su última etapa imperial.

Pero Macedonia era Grecia, así como Alemania es Europa. (Hay que conservar las proporciones de la comparación).

Alemania se guardaba. Ahí existen fuerzas diferentes. Durante mucho tiempo se la obligó a vivir una vida a la que no pertenecía totalmente. El alemán es un hombre determinado de igual forma que el europeo contemporáneo; pero en Alemania fueron apareciendo nuevas generaciones. El alemán es técnico, es racionalista, es blanco; pero también es algo distinto. Estaba oprimido y guardando su fuerza. Al desatarse, abre grandes posibilidades, pero no será Alemania quien las lleve a sus últimas consecuencias, pues también tiene intereses creados en la época que termina.

Es al nacismo, principalmente, a quien le corresponde abrir las nuevas puertas e iniciar la construcción de los puentes y de los medios que, impuestos al futuro, permitirán a América del Sur liquidar la «penitencia histórica».

Y quizás Hitler también lo comprenda…

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