Escritos

Más allá del nacismo

Artículo

La Nueva Edad, núm. 9 (21-10-41).

Hoy no existe un hombre completo, expresando su cuerpo y su espíritu, plenamente, sino un hombre fragmentado. En la historia hasta hoy muchas veces ya ha existido un hombre que se expresaba solamente con su cuerpo y que es el que los científicos incomprensivos han estudiado por el pasado animal del hombre; luego después ha existido un hombre que solamente ha manifestado su inconsciente ―o alma―, y que es el que han clasificado los historiadores de nuestro tiempo con el título de pagano (el pagano clásico y el antiguo); ha venido después en la historia el hombre de la emoción, el del espíritu místico (la llamada Edad Media forma un sutil enlace y confusión de ellos), y así hemos llegado a los tiempos modernos en que aparece un hombre que solo expresa su espíritu, que respeta únicamente el cerebro que raciocina mecánicamente y que ha creado el tipo racionalista, y tiranizado el cuerpo y los sentimientos, hasta hacerlos gemir con rabia y desesperación. Desde que el hombre no es perfecto y desde que empieza a penar en la historia, tratando de reencontrarse, sin comprender aún, la historia misma no es más que este cambio, que esta sustitución pendular de un hombre fragmentado e imperfecto por otro tan fragmentado y tan imperfecto como el anterior. Un pasado y un futuro. Nunca un presente. Una época que se reemplaza por otra… Y las épocas son solo esto: le expresión de un determinado hombre, que realiza solo una parte de su vida y de su estructura humana, y que, marchando por esa sola expresión, hasta llegar a su último extremo, hasta agotarla, le imprime con ello un estilo propio al espacio en que se realiza, en que existe. Luego, cuando la vida está ya a punto de exterminarse en esta realización incompleta, aparece otro hombre determinado por otra parte de la vida. Este hombre, que es diferente, necesita combatir al anterior, que se niega a perecer y a ceder el paso. Es necesario combatir, arrebatarle el espacio, para expresarse a su vez. Es la lucha de las generaciones. Son también las revoluciones y las guerras. Si el hombre se expresara en la totalidad de sus partes, de su condición, en la plenitud ya mencionada, recuperando su estado «primitivo», es decir, originario, y su grandeza perdida, se acabarían las guerras, las revoluciones y todos estos trastornos; se acabaría también este tiempo desdoblado de la historia, que se desliza y se extiende, desaparecerían el pasado y el futuro (desaparecería su sentido) para existir solamente el presente. El hombre podría vivir gozando del momento presente, cosa que no sucede hoy, en que el tiempo se consume desesperadamente bajo la universal fórmula de «time is money». En una palabra, se acabaría la historia; pero se recuperaría la Vida.

Y el sentido de la historia, hecha por el hombre, es intentar liquidarse a sí misma, para imponer el triunfo de la Vida, tal como fue ya alguna vez sobre la tierra.


La historia del hombre hasta el presente. Europa

A la luz de estas verdades se pueden mirar los acontecimientos con nuevos ojos y sin equivocarse. Todo queda aquí encuadrado y tiene su comprensión. La misión del hombre es adquirir máxima conciencia y poner en práctica una actitud tendiente a solucionar su error. Alguien dijo o escribió una vez que si hubiera un hombre que en la soledad de su vida, desentendiéndose de los acontecimientos inmediatos de la época, llegara, por el esfuerzo personal, a conquistar individualmente la perfección, a ser un hombre completo, existiendo equilibradamente en la armonía y en la fuerza de su cuerpo, de su espíritu y de su alma, este obtendría por su sola perfección un poder ilimitado sobre el resto de los hombres inferiores, llegando a ser algo así como un mago, el cual podría llegar a dirigir el mundo hacia la justicia y la felicidad con la sola presencia, o con sus gestos; con su contagio. También podría evitar las guerras.

Sin duda que así sería; pero hoy, en el presente, ¿podrá un hombre nacido de mujeres tan dolientes y tan enfermas como las actuales levantarse sobre su herencia y su desgracia hasta lograr esa perfección? No, ya no podrá, sin el suceso de una catástrofe, de una guerra, que con su destrucción haga aparecer nuevas posibilidades.

La historia de los últimos dos mil años es la historia de Europa, de un hombre que se desarrolla en el continente de este nombre y vive recibiendo las influencias de esa tierra y de ese cielo. Europa hace su historia, si se pudiera decir, sin mirar para ningún lado; le imprime a su época una desesperación y un impulso violento, que aporta el hombre blanco (las razas son tal vez los residuos, los desperdicios del hombre superior, de la estirpe primera del triunfador, del dominador). Europa vive su tragedia concentrada en sí misma y aún no puede salir de su modalidad también unilateral. Sin embargo, en su suelo se han ido sucediendo las épocas. Hombres determinados por una o por otra de las expresiones de la condición humana ―aunque conservando cierta particularidad común de la raza blanca― la han cruzado, hasta llegar a los tiempos contemporáneos, donde entra a actuar un individuo regido solamente por el espíritu racional y que oprime y tortura a todas las otras condiciones humanas, y facultades del hombre. Impone un estilo especial a la vida de su época, construye sus propios medios de expresión, sus objetos, que lo ayudarán a expresar su vida también fragmentada. Es de este modo como aparece la técnica, que es la resultante lógica de este hombre determinado únicamente por el espíritu racionalista y es de este modo como se va exteriorizando todo el sobrante de ese mundo cultural que todos conocemos, mundo científico y económico.

Cada hombre distinto crea una época diferente. Esto está reconocido inconscientemente por los diversos investigadores de los últimos años. Spengler se refería a ello cuando anunciaba que no existió nunca una matemática universal y única, porque el sentido que los números tenían para los griegos era totalmente distinto del que tuvieron para los egipcios, o para el hombre de nuestro tiempo. Sin embargo, hasta ahora nadie ha penetrado el fondo de la cuestión.

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