Archivo Miguel Serrano - Escritos

Europa y Sudamérica

Artículo

«La anunciación» de Fra Angelico.

El Mercurio (Santiago de Chile), 20 de octubre de 1951.

Escrito durante su primer viaje a Europa, con motivo del Congreso Internacional de Periodistas que tuvo lugar ese año en la ciudad francesa de Evian.

 

Si alguien nos preguntara cuál es, a nuestro juicio, la diferencia existente entre Europa y Sudamérica, tendríamos que empezar diciendo que estos continentes son dos mundos distintos. Hay siglos, hay edades que los separan. Y estas diferencias se refieren también a una diversa estructura del hombre que los habita y a distintos estadios de la evolución humana.

La primera impresión de esta diferencia se nota en algo del aire, en la misma atmósfera de Europa. Enseguida, el sudamericano de sensibilidad que va allá dispuesto a abrirse a las impresiones y a captarlo todo, libre de prejuicios o de ideas preconcebidas, pero sin dejar de ser lo que es ―porque no puede―, deberá admirarse del regocijo de las cosas, de la gloria y del peso de las ciudades. Tratemos de explicarnos. En Europa el espíritu humano ha atravesado el paisaje, ha dicho su palabra y lo ha humanizado todo; no hay un lugar, no existe un resquicio por donde el espíritu no se haya introducido y no levante su canto humano de gloria. En cada ciudad, en cada catedral o ruina está la historia del hombre, no como ente vegetativo, sino como acción, como esfuerzo, como drama. Si uno mira una piedra, en ella encuentra una huella de la historia y un reflejo del alma. Las viejas catedrales, las antiquísimas ruinas, están sostenidas aún por un espíritu que no muere y que late visible y palpable.

Esto también es un peso para ese hombre europeo que a veces quisiera descansar y que no puede, porque sus cosas, sus altas creaciones, se lo impiden, haciéndole presente su gran responsabilidad. El hombre se mueve a veces sintiéndose extraño, cansado ya, en ese «museo del espíritu» que es Europa, entre palacios y ruinas, como deseando sacudirse y volver al seno indiferenciado del comienzo.

Esta es la contraparte, el peso de la grandeza y la cumbre final del espíritu, que dijo su palabra y que tal vez no se renueve.

En Europa hasta las piedras hablan un lenguaje humano. Las cumbres de los montes no son soberbias ni feroces. Están domadas, vestidas de suaves bosques, de nieves que parecen mantos de novias, desposadas con el hombre. La roca, que uno encuentra en el sendero, habla un idioma que no es el de la piedra prístina y vernácula, sino que es el lenguaje del hombre que durante siglos ha estado mirando esa piedra. Todo está humanizado ya. Las cosas seducen y atraen con la energía y la alegría del espíritu. Es decir, todo es arte. El detenerse en una calle a mirar produce alegría y es una emoción de arte. Lo más insospechado puede acontecer. En París, las mesitas en las calles están siempre frecuentadas, en cualquier hora del día. Es de suponer que la gente debe tener en Europa más necesidades que en Sudamérica; sin embargo, no vive tan apurada como nosotros y se da tiempo para «mirar», para sentir, en algún instante del día. Es la ventaja del espíritu y de la cultura. Allá se sabe vivir y se sabe morir. De la vida y de la muerte se ha hecho un arte. Francia es la dulzura, es el término medio; Italia es la gloria de la luz, un museo de siglos bajo el sol, y es también el deseo de poder, la fuerza del poder (pero de un poder consciente, no primordial) reflejada principalmente en la grandeza del Vaticano. Y es la voz de Dios, en la gloria de la luz; de Fra Angelico, en Florencia. Las máximas tensiones y los más altos dramas del espíritu están representados por España, en un extremo, fanática y moralmente generosa, y por Alemania, en el otro, romántica y cósmica, renaciendo siempre de sus cenizas, como el ave Fénix, bajo un cielo nublado de tragedia.

Esta es Europa, su hombre, su historia.

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