Archivo Miguel Serrano - Escritos

La vuelta del peregrino

Artículo

Caminando por un sendero de Montagnola.

La Prensa, Buenos Aires, 14 de noviembre de 1971.

Escrito en Montagnola en agosto de ese mismo año.

 

Pocos tienen la suerte de poder recomenzar la vida, despojados, desnudos de todo, como en los años de la adolescencia. Oscuramente, entreveía esta posibilidad para mí; creo que hasta la deseaba, desde lo más hondo de mí mismo, al extremo de haberla buscado inconscientemente, propiciándola con acciones, hechos insólitos, palabras no dichas, sueños no formulados.

Y he aquí que, cruzado el medio siglo de vida, por azar o destino ―si es que el destino o el azar existen―, aquí estoy otra vez, despojado de oropeles, de dignidades, convertido de nuevo en vagabundo, lejos de todo, yendo con un bordón y saco andino por los mismos senderos que hallara hace veinte años, cuando saliera de mi patria por primera vez.

Entonces era joven, con grandes entusiasmos e ideales. Venía a Europa en busca de héroes venerados ―porque entonces los héroes y los «encuentros» existían―. Existía también la juventud del alma y del cuerpo. Frente a mí se abrían todos los caminos.

Como en el cumplirse de un símbolo, quiero volver por los mismos senderos que recorriera antaño, para ver si encuentro la vieja huella de mis pasos y para poner mis plantas maduras sobre las del joven ya lejano. Descubro así que la juventud perdura con el sacudirse de las formas, de las máscaras y disfraces, que van aprisionando el cuerpo y el alma, anquilosándonos la vida.

Por casi veinte años, fui embajador de mi país en diversas tierras del mundo. A causa de un glorioso azar, no lo soy ya más, Sé que nunca me sentí cómodo dentro de esa máscara, interpretando un rol en la comedia; fui un actor dentro de «maya», la ilusión. Lo sigo siendo aún hoy, en esta nueva «encarnación» ―más esencial, por supuesto― del peregrino que reinicia el eterno caminar, al reencontrarse con su viejo bordón y su saco andino.

Empecemos el viaje por los mismos recodos de los años. ¡Sí! ¡Reconozco ya ese valle y ese lago en lontananza! Es el lago de Zúrich. Allí está la antigua casa de Jung… Entro en ella y leo una inscripción:

«Fuimos jóvenes.
Nos llamaron por eso joven (Jung).
Perteneceremos a la eterna juventud».


El paso del tiempo

En mi libro El círculo hermético he hablado de esta ciudad. Había en Zúrich una vieja plaza, junto a una catedral con un gran reloj ―el reloj más grande de Suiza―; había una casa donde alojó Goethe y un árbol inmenso, poderoso, como la historia, como las fuerzas oscuras de los pueblos.

Llego y nuevamente busco. Mas he aquí que ese árbol inmenso, como la historia, como la humanidad, como la civilización occidental, ha desaparecido. Su poder, su fuerza eran aparentes. Estaba carcomido, estaba enfermo. Vino un viento de tempestad y el árbol se derribó, como la historia, como la vida, como la civilización occidental.

Sigo mi camino y llego a Montagnola, pequeña ciudad de colinas, sobre el lago de Lugano, en la parte italiana de Suiza. Aquí vivió Hermann Hesse, aquí murió. Vine por primera vez a esta aldea hace justo veinte años. En el libro citado, cuento la emoción que me embargaba. Estoy de nuevo junto al portal de la villa. Había antes aquí un cartel en alemán, que decía: «Bitte, keine Besuche». (Más o menos: «Se prohíben las visitas»). Esta leyenda detuvo a Henry Miller, pero no a mí. Poseo una carta del escritor americano, autor de Trópico de Cáncer, en la que me cuenta que también deseaba ver a Hermann Hesse. Vino a Montagnola y se encontró con ese letrero, que él pudo traducir, pero yo, por suerte, no, en aquel entonces. Henry Miller me decía que Hesse era uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo, porque en las breves páginas de Siddhartha había resumido todo el budismo zen.

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